• Ángela Pertuz López

La mujer y el bejuco: Una tradición artesanal que se mantiene ‘pegada’ al campo

Hacer que cada fibra cobre un sentido frente a un engranaje global gracias al constante y milimétrico movimiento de las manos, es quizá, la mayor representación de arte liderada por la mujer campesina en el corregimiento de Paluato, a 6 kilómetros del municipio de Galapa, en el Atlántico.

Luz Marina Pombo y su nieto / Ángela Pertuz

Y es que, para Luz Marina Pombo, las artesanías en bejuco son más que una tradición ancestral, es un arte por el que viven y con el que están estrechamente relacionados, quizá por aquella extensión de tierra que llaman madre y a su vez hogar, de la cual brota aquello que les brinda su sustento de vida: El bejuco.


Los coditos (Ramificaciones) cortados van cobrando sentido cuando Luz Marina se sienta en su taller ubicado al final de su patio. Ahí, cuatro palos sostienen un techo de zinc. Al lado derecho cae una hamaca seguida por una silla toda escueta que reposa al respaldo del palo que hace las veces de columna. En todo el centro están dos troncos de madera que sirven de silla para los espectadores esporádicos.


Un poco más al fondo, un sofá que aparenta ser viejo, pues su color parece ser desdibujado por tiempo. Y justo delante de él un banco pequeño que cuando Luz Marina se sienta, parece un trono desde el cual se teje un pasado certero que mira hacia un futuro incierto para la tradición.


Ahí, el cuerpo de Luz Marina adopta la postura idónea para empezar a “ripiar” los cantos del bejuco. Es como si se hablara de una especie de ritual. Ella se sienta, extiende un brazo, que hace las veces de soporte de la rama y con el otro se arma de un cuchillo mediano que pasa en compases de segundos por la rama, quitándole la corteza.


Parte una sola fibra en seis pedazos y arma una especie de estrella con cinco ramas, y va pasando la que sobra en zig-zag por la punta de la estrella. Así le va dando forma, recreando lo que un día le aprendió a su abuela. “Mira lo que ella hacía: se ponía a ripiar una varita y los restos que ella botaba yo los cogía, porque ella me decía <ojo me hechas a perder el bejuco>. Después iba y buscaba un cuchillo y aprendí viéndola. Yo tenía en ese tiempo de 8 a 9 años. A los tres meses aprendí y a los 11 años ya yo sabía a hacer canastos”, recuerda Luz Marina, sin quitar por un segundo su mirada del tejido que va ensamblando, cuando añade, “Después, vino y me pagaba un centavo por cada fondo de canasta que hiciera, y así aprendí a trabajar”.

Proceso de elaboración de las artesanías en bejuco. / Ángela Pertuz

Según relata Luz Marina, en ese tiempo su abuela no tenía un taller, ella se ponía a trabajar en un techo de palma en el patio de su casa de bareque, con el material que su abuelo buscaba. Y es que, en esta tradición, el hombre siempre ha sido quien busca el bejuco, por su fuerza y lo imprescindible que es a la hora de cortarlo. Y la mujer, por su delicadeza, es quien le quita la corteza y lo prepara para ser tejido.

Condiciones económicas y ambientales

Sin embargo, todo tiempo pasado fue mejor, porque hoy los campesinos son esclavos de una evolución marginal en el deterioro del medio ambiente y en el capitalismo, cuyas consecuencias a pasos agigantados les quita su día a día en la labor del jornalero. “Antes solo era caminar unos cuantos kilómetros y encontrar una mata de bejuco. Ahora no. Cuando no tenemos plata para comprar bejuco, a mi esposo le toca irse hasta Juan de Acosta, porque ya estas tierras dejaron de ser del campesino. Todo esto lo compararon y quitaron los árboles y si queda una que otra matica, no podemos cogerla porque el territorio es privado”, asegura Luz Marina.

En estas condiciones, el campesino artesano se ve en la necesidad de comprar su material de trabajo, cuando hace solo unos años tenía solo que arrancarlo del patio.

Pombo, con la mirada perdida en la montaña que se va alzando desde su patio, dice: “Hoy me toca comprar 100 baritas de bejuco, que me salen de 40 a 50 mil pesos. Y yo de dónde los saco, si hace más de 6 años vivimos un verano intenso que no permite cultivar nada, todo se muere”.
Planta de bejuco y la artesanía que sale de ella. / Ángela Pertuz

Pero en medio de tanta aridez, su espíritu emprendedor pudo más. Se arriesgó y hoy en su patio reposa un gran matorral que, cuando florece, es probablemente la mayor magnificencia vista a los ojos de los campesinos. Así lo hace ver Luz Marina cuando posa sus ojos con gran ilusión en su bejuco. “Esta mata era tradicional en Paluato, y cuando está florecida, es una belleza, son gajos morados que caen en cascadas hermosas. Uno corta los coditos y ella sigue y sigue”, dice con gran carga emotiva, como si de contar un cuento de fantasía se tratara. Y para ella lo es, pues hoy para el artesano de sangre, ver este fenómeno que antes era normal, es cuestión de suerte.


Patrimonio familiar

Historias como la de Luz Marina permiten ver que la artesanía es, a menor escala, una empresa familiar que lucha por estar vigente aun cuando no se le da la relevancia suficiente. Es por ello que hoy esta labor está en jaque. Son pocos los adultos que quisieron aprenderla, como lo asegura Luz Marina: “Mis hijos no quisieron aprender este arte porque dicen que es muy mal pagado y ellos no van a gastar todo su tiempo haciendo algo que se lo van a pagar por 10mil pesos”.


Pero hoy se levanta una nueva generación llena de curiosidad. Sus nietos son sus seguidores, admiran cada cosa que hace y cómo lo hace. Luz afirma que cada vez que se sienta en su taller, a partir de la 12 del mediodía, sus nietos se sientan a su lado y la ven detenidamente. “Ahora me estoy llevando a mis nietos a los talleres que estoy tomando y así aprovecho para que ellos también aprendan”, asegura entre risas, mientras soba el cabello del menor de sus nietos, cuando ha suspendido el tejido.


Lo que parece curioso, es que, así como el bejuco brota de la tierra, el campesino como Luz Marina Pombo, también. Es una extraña relación que cada día se entrelaza más y más, con cada a amanecer coloreado mágicamente en el cielo, con el cantar de los pájaros que revolotean en lo más alto de los árboles y se mezcla con el de los gallos, con el olor a tierra mojada y el infaltable aroma del café recién preparado.


Es como si el artesano viniera de los caminos del pasado avivado por el presente, para dar con una planta que en cada fibra los represente a ellos y a una comunidad convertida en arte.