Un recorrido por el Parque biotemático de Megua, Atlántico

Actualizado: may 24

Cuando el ayudante del bus de la flota Baranoa avisó que habíamos llegado al “Parque Megua”, es probable que la mitad de los pasajeros ignoráramos que aquel muchacho estaba pronunciado una palabra de una lengua indígena casi extinta.


El anuncio, en ese momento ya no era necesario: Google Maps me había convertido en un punto azul que se desplazaba en sentido norte-sur a través de la Troncal del Caribe y que estaba a un centímetro de arribar al globo rojo que indicaba nuestro destino, después de 24 kilómetros y veinticinco minutos de viaje, partiendo del puente de La Cordialidad, en el suroccidente de Barranquilla.


El juego del Atlántico


Como todos los días, ese domingo el Parque biotemático Megua, situado a la altura del municipio de Galapa, abrió sus verjas a las 9:00 a.m. Tras cruzar un playón de tierra seca y

pedregosa, se llega a la taquilla: los $19.000 de la entrada cubren el recorrido total y el baño en la piscina, que acá se llama Parque de Agua. Bajo la sombra de una cabaña, el guía de las primeras estaciones nos anticipó el itinerario para luego revelarnos el significado de la palabra del letrero de entrada: “Megua” quiere decir “trabajo en equipo” en la lengua de los mokaná, un pueblo amerindio que habita los municipios de Tubará, Malambo, Usiacurí, Baranoa, Puerto Colombia, Piojó y Galapa, donde está el Parque.


A todos esos municipios los encierra la maqueta a gran escala del departamento del Atlántico que puede verse en el Parque acto seguido. Mide unos ocho metros de largo por

seis de ancho. Por su margen derecho desciende un pequeño canal de agua, que es el río

Magdalena. Ese arroyito corre por debajo de una réplica del puente Pumarejo hecha de hierro oxidado. Junto al puente está Barranquilla con sus calles, casas y edificios elaborados con placas de circuitos impresos. Cada uno de los municipios, cuya ubicación

debimos adivinar en un juego dirigido por el guía, estaba señalado por tapas de bebidas energizantes.





El Jardín de las Mariposas


Vienen de Asia y son muy territoriales —dijo el primer guía, Andrés, echándonos en la

palma de mano unos granos de concentrado para peces.


Aquí, el territorio de las tilapias rojas (mejor conocidas como mojarras rojas) es un estanque con borde empedrado, en cuya cabecera se levanta una cueva artificial amarilla

con carámbanos de hormigón. Debía haber unos treinta peces, los cuales nadaban esparcidos por todo el depósito hasta que uno de los niños dejó caer en el agua los primeros granitos de concentrado. Entonces las tilapias, que en realidad son más naranjas que rojas, se arremolinaron para disputarse la comida.


Cuando a nadie le quedaba más concentrado en el puño, el guía nos hizo entrar en la Cabaña de las Mariposas. Curiosamente, no había ninguna mariposa viva en ese lugar: solo las había en las fotografías clavadas en los postes de la cabaña. Allí, Andrés habló sobre la mariposa Monarca o Danaus plexippus, sobre la Morpho azul o Morpho peleides, sobre la Veloz de las rieras o Gegenes nostrodamus, sobre la Morena serrana o Aricia artaxerxes.


La diferencia entre los machos y las hembras de esas y otras especies es más sutil que en

otra clase de animales, pero, por lo general, los machos tienen cuerpos más delgados y alas más angulares, con patrones de colores más brillantes y fuertes.


Saliendo de la cabaña hacia un jardín contiguo, vimos por fin una mariposa auténtica: era

pequeña y tenía las alas negras, con visos escarlatas. Apenas Andrés nos las señaló, se echó a volar, abandonando la ramita del toronjil que adornaba la fuente del centro. Era de la especie Heliconius erato.


El Sendero de la Fauna o La carrera de las morrocoyas


Dos leños sostenían una tabla con el aviso de letras rojas: El Corral Interactivo. Anunció

Andrés que habíamos llegado al Sendero de la Fauna.


Cada uno de los visitantes fue provisto con una rama de laurel para alimentar a los carneros y a los chivos, aunque hubo un niño que les arrojó la suya a los cerdos, ignorando que los podía indigestar. Los carneros subían las patas delanteras a la red metálica y asomaban por encima de la baranda las cabezas de cuernos retorcidos para poder morder las hojas. Más adelante había corrales con conejos claros y oscuros, cuyes, gallinas polacas (que llevan un moño denso en lugar de la cresta caruncular), cerdos vietnamitas (más barrigones y con la papada más voluminosa que los cerdos comunes), pavos reales, una vaca, un pony negro.


Para acceder a la otra parte del Sendero debimos subir una pequeña pendiente a través de una escalera con peldaños de neumáticos. Estábamos ahora en la zona de los reptiles,

aunque con ellos convivía una guacamaya que no cesaba de parlar. Allí había una caja con

un par de boas enroscadas, que Andrés les colocaría sobre los hombros a varios voluntarios ubicados en sillas con espaldar de hierro forjado y asiento y brazos de llantas pintadas.


Junto a las boas se hallaba un corral con un pequeño pozo donde se paseaba una babilla

bebé y, al lado, dentro del mismo perímetro, quince morrocoyas. El guía y dos visitantes

sacaron tres machos y una hembra para ponerlos a competir en una carrera excéntrica.


En la tierra había una pista dibujada con cal. Tenía once carriles. Las cuatro morrocoyas,

tan pronto fueron puestas en la raya de salida, empezaron a avanzar hacia la meta atraídas

por una ramita de laurel que un niño agitaba frente a sus narices. La gente les hacía barra a las competidoras. Como la carnada era una sola rama, los cuatro animales acabaron disputándose un mismo carril. Contra todo pronóstico, antes del mediodía una de las morrocoyas ganó la carrera. En ese momento, acaso sin estar del todo conscientes de lo que hacíamos (aplaudir una carrera de morrocoyas), todos los espectadores celebramos esa victoria delirante. Al ponerlo de revés, se supo que el ganador había sido la hembra.

Las hembras tienen el vientre plano a diferencia del de los machos, que es cóncavo.





El trance del rey


Después de las tortugas vimos un ave que se movía con pareja lentitud, salvo que esa lentitud suya no parecía provenir de un condicionamiento de su cuerpo, sino de una decisión de majestad: era como la manifestación de un proyecto deliberado. Se trataba del

Sarcoramphus papa o gallinazo rey. Medía unos 70 centímetros y su plumaje variaba entre

el blanco y el negro, pero lo fascinante se cifraba en su cara, pico y cuello, donde se trenzaban, arrogantes, el rojo, el naranja, el amarillo y el violeta. Al descubrirse observado,

se aproximó y sacó su pico poderoso por uno de los agujeros de la red metálica. (Ese pico,

en los ejemplares que a diferencia de este no están improntados, es decir, casi domesticados, les permite infligir el primer corte de los cadáveres grandes y ser los primeros de la bandada en comer). Imprevistamente, el rey retrocede, cierra los ojos y comienza a menear despacio la cabeza como si hubiera ingresado en una especie de trance.


Quizá hubiéramos permanecido más tiempo contemplándolo abstraídos si no fuera porque

una niña de acento paisa gritó que, más allá de las jaulas del gallinazo, de las tórtolas y de

los monos araña, donde se extendía el bosque seco, había aparecido un mono tití cabeciblanco. Volteamos y ahí estaba, trepado en la rama de un trupillo y mirándonos con

una fijación tranquila y casi desdeñosa. La guacamaya también gritó en ese instante. A nuestras espaldas, alguien murmuró:


Parece un hombre.

Era verdad: en la expresión desencantada del tití (impresa en un rostro enmarcado en su

penacho blanco) había mucho de humano. Nos miraba como si supiera que éramos miembros de la especie que, ya fuera en nombre de la investigación o ya por el comercio

salvaje e ilegal de mascotas, había contribuido a desaparecer el 80 por ciento de la población de estos titís en menos de 20 años. Ese que vimos en el trupillo es uno de los últimos 7.000 que quedan en Colombia, único lugar en el que habitan.


El árbol que no pudo trepar el diablo


Superadas las jaulas, había un recodo que conducía a la estación llamada Labranza Orgánica. Allí, a Andrés lo relevó Jairo. Jairo empezó por mostrarnos un criadero de Eisenia foetida o lombrices rojas californianas, utilizadas en la lombricultura, que es una serie de operaciones relacionadas con la cría y producción de estos invertebrados y el tratamiento, por medio de ellos, de residuos orgánicos para su reciclaje en forma de cierto tipo de abono llamado humus.


De allí pasamos a una huerta donde crecían plátanos, berenjena, col, perejil, ají picante, zaragoza blanca, cebollín chino y cilantro cimarrón, cuyo olor nos transportó a mediodías

bochornosos con almuerzos de sopa y arroz blanco.


Luego ascendimos una nueva pendiente por otra escalera de peldaños hechos de neumáticos y, allá arriba, el segundo guía se agachó junto a un huerto vertical y arrancó un trozo de hoja.


Esto huele a mañanas —dijo y fue repartiendo pedacitos entre los visitantes.

Era una hoja de anís. A algunos ese aroma les recordó desayunos al pie de la caja del radio con arepas dulces y café con leche; a otros, parrandas y borracheras con amigos y una botella de aguardiente barato.


Dejamos de sentir el sol y miramos hacia arriba. El cielo de Galapa se empezaba a encapotar. De camino al siguiente sendero, Jairo se encontró un bejuco de cadena (Bauhinia guianensis) al mismo tiempo que se soltaban las primeras gotas de una llovizna.

Los indígenas mokaná creían que su alma ascendía al cielo trepando por esas cadenas.


De ese árbol, al que en su fase adulta le crecen estrías verticales, también se desprende otra historia. Según el mito, un indígena le vendió su alma al diablo, poniéndole como condición que, para llevársela, alcanzara la copa del bejuco. El diablo nunca pudo subirlo y las estrías del tronco son las marcas de sus garras, que al intentar subir se resbalaban por la corteza una y otra vez.