“Vestirme de mujer me empodera”

Tenía 18 años y aún todos lo conocían como Álvaro Birmayer cuando Helmer Noreña, entonces dueño de la desaparecida discoteca gay Sky Bar, en Barranquilla, descubrió no solo el parecido de sus facciones, sino también de sus movimientos, con los de Britney Spears, de la cual Álvaro era fan. El muchacho, por cierto, no estaba desapercibido de su similitud con la cantante pop norteamericana, pero no estaba preparado para la propuesta que le harían: Noreña le pidió hacer un show como Britney en su discoteca.

Albie Birmann como drag queen / Foto: Albie Birmann

Para Álvaro, a mediados de los 2000, ponerse un atuendo de mujer era una enormidad impensable. Ni siquiera el ofrecimiento de un pago por su performance lo persuadía de hacerlo. Su madre había aceptado su orientación sexual, pero le pidió, por miedo, que nunca se vistiera como mujer. Quienes al final lo convencieron de montar el espectáculo fueron sus amigos y amigas: prometieron acompañarlo en el escenario y le dijeron, despreocupados, esa frase insensata y liberadora: “¿Qué pierdes?”.


Cuando Álvaro se vistió como Britney Spears, ganó conciencia de que esa caracterización era una forma de arte. Ese fue el inicio de su carrera como drag queen. Cada vez se fue sintiendo más cómodo en vestidos, pelucas, botas, maquillaje. Hizo shows como Madonna, Lady Gaga, Gloria Trevi, y, con el tiempo, adoptaría la estética y el nombre con el que hoy es presentado en teatros, exposiciones, conversatorios y entrevistas mediáticas: Albie Birmann.


Drag: arte, política y mujeres sin ciudadanía


El drag (que, según la versión más extendida, es un retroacrónimo de Dressed As a Girl: “vestido como mujer”) es artístico no solo por su exigencia estética, sino porque implica la elaboración de un personaje: es la transformación exagerada y a menudo lujosa de un cuerpo femenino que se expresa a través de artes performáticas como la danza, el doblaje o la escenificación de actos. Tiene, asimismo, un carácter transgresor frente a los esquemas normativos del género. “Cuando un hombre se viste de mujer”, explica Albie, “está desafiando muchos conceptos, normas, cánones e imaginarios de la hegemonía heteropatriarcal. Es un acto político y, además, es una forma de teatro más antigua de lo que se cree”.


En efecto, hoy se sabe que el transformismo tiene antecedentes en la dramaturgia griega, donde los hombres se vestían como mujeres para representar papeles femeninos: lo hacían porque las mujeres, por no ser consideradas ciudadanas aún, tenían restringida su participación en las actividades sociales y culturales de la época.


Todavía en la Ópera de Beijing y en los tiempos de Shakespeare, como señala el investigador Daniel García, el teatro era un arte reservado para los varones, por lo que el cuerpo travestido era la única posibilidad de que hubiera una presencia femenina en el escenario. Esto solo cambiaría en el siglo XVII, cuando se les permitió a las mujeres participar en la representación de las obras.


Una voz que agrieta los cristales y vibra


Dados los antecedentes, no debe resultar extraño que Albie sea un dramaturgo. Terminados sus estudios básicos se fue a Bogotá, donde cursó estudios de Arte Dramático en la EAD, bajo la tutoría de Edgardo Román. Además de director y actor de teatro, es gestor cultural, docente de artes escénicas, activista (o “artivista”, como le gusta decir) y fundador de Mandragorart, su propia compañía de creación artística.


Como actor, protagonizó los cortometrajes Luz de Enero de Ernesto McCausland y El dedo gordo del pie de Sergio Álvarez, en la selección de la muestra Imaginatón 2012.


Albie y su compañía han logrado presentarse en escenarios que, en la tradición, no se han caracterizado por ser espacios de diversidad, como el Teatro Amira de la Rosa, la Plaza de la Aduana e incluso hoteles. También han estado en varias ciudades de la región y del interior del país. En Cartagena estuvieron en la Casa Museo Rafael Núñez y en Montería participaron en un evento con excombatientes de las FARC para hablar, a través del teatro, sobre víctimas de la comunidad LGBT.


A lo largo del último mes, estuvieron presentando en la ciudad la obra “Alzados en almas”, que es el primer cabaret teatral LGBT de Barranquilla. El 27 de junio, Día del Orgullo, la presentaron en el Gran Malecón. Allí, Albie, de espaldas al río Magdalena y bajo un atardecer plomizo, vestido con bata, capucha y botas negras, extendió los brazos y exclamó:


Nuestra voz hizo eco. Agrietó los cristales y siguió vibrando.


Albie concibió “Alzados en almas” junto con un amigo, a propósito de la masacre de la discoteca Pulse de Orlando, Estados Unidos, ocurrida en 2016. Está basada en textos de Pedro Lemebel y Jhon Better.


Si bien confiesa que como artista puede llegar a ser inseguro, la inseguridad que declara no se trasluce una vez se trepa en las tablas. Se trasluce todavía menos cuando se caracteriza como drag queen. “Como todas las personas, tengo inseguridades, pero cuando me visto de mujer me siento absolutamente poderosa”, dice y se ríe. “Todas mis imperfecciones desaparecen; mis conflictos internos se borran. Soy lo que quiero ser. Me empodera. Me enamoro de mí misma”.