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Entre tambores, memorias y comida: se entrelazó el Pacífico y el Caribe en Bogotá

En Bogotá, lejos del mar y del calor las costas caribe y pacífica, el encuentro terminó convirtiéndose en una especie de refugio afectivo para quienes cargan su territorio en la memoria.


Por:  Sonia Rocío Cañón

Fotografía: Wilber Laureus
Fotografía: Wilber Laureus

En una casa de Teusaquillo, en Bogotá, el Caribe y el Pacífico entrelazaron sus ritmos y sabores, entre ollas, tambores y voces. Desde el mediodía y hasta entrada la noche, el Semillero de Bullerengue,  espacio de formación y difusión de este género dancístico, se convirtió en un territorio de encuentro donde el olor del arroz de coco, el sonido del tambor, el hervor del sancocho y las conversaciones improvisadas hicieron que los invitados dejáramos de sentirnos lejos de casa.


El evento, llamado Encuentro de Sabores y Saberes CARIBE, nació

“de manera espontánea, casi urgente, como suelen surgir las reuniones más necesarias”,

afirma Natalie Berdugo Cañón, comunicadora y gestora cultural. 


No hubo protocolos rígidos ni grandes montajes. Cada uno llegó con algo para compartir: comida, bebidas, manos dispuestas en la cocina, música, historias, abrazos o, simplemente, ganas de estar.


Fotografía: Wilber Laureus
Fotografía: Wilber Laureus

La cantadora y matrona chocoana Juliet Pérez, conocida como Afrika, fue una de las voces centrales de la jornada. Su presencia atravesó el espacio con palabras cargadas de memoria y espiritualidad. Mientras los asistentes compartíamos los alimentos, recordó que la cocina también es una forma de resistencia y de memoria colectiva.

“No hay mejor manera de contar sobre nosotros y darnos a conocer mejor que a través de nuestra cultura y de nuestra gastronomía. Aquí, estamos haciendo comunidad. Vamos a comer como comíamos con las abuelas, en las hojas de bijao, en la totuma, en el piso, en la mesa.  Todos juntos”

afirmó Afrika.


La comida circulaba de mano en mano como una extensión del afecto. Había platos preparados con ayuda de los asistentes, por supuesto, con la orientación y magia gastronómica de Afrika.


Las recetas evocaron hogares lejanos, pueblos costeros y reuniones familiares. En medio del encuentro, Jairo René García, cantador y pedagogo, quien compartió su voz y su energía contagiosa, elevó un agradecimiento profundo a quienes hicieron posible la experiencia.

“Agradecemos las manos de esta cocinera tradicional, los susurros que le permitieron plasmar aquí los sabores y la transformación de esa energía”,

dijo frente a los asistentes.

    

Mientras los comensales saboreábamos la yuca blandita y nos dejábamos invadir por el olor a cilantro, pimienta y clavito, René afirmaba:

“los sabores cantados serán siempre el recuerdo de nuestras abuelas, de la herencia que hemos recibido".  

Con sus palabras relacionaba el acto de comer con la posibilidad de volver simbólicamente al territorio perdido.

“Ese es el espacio que nos recuerda a través de ese olfato y a través de ese gusto, las infancias, el mar, el río, el manglar, la ciudad, la selva de cemento, pero que, a través de esos sabores, nos permite nuevamente conectar”.
Fotografía: Wilber Laureus
Fotografía: Wilber Laureus

El bullerengue sonó durante toda la tarde. Los tambores fueron marcando el ritmo de una reunión donde desconocidos terminaron conversando como viejos amigos. Algunas personas bailaban mientras otras simplemente escuchaban, cerraban los ojos o acompañaban con palmas. No era un espectáculo; era comunidad.


Natalie Berdugo, quien con la complicidad y gestión de Afrika, y de cada uno de los asistentes, logró convertir una fría tarde bogotana, en un escenario de comunión entre diversas regiones, describió el sentido íntimo del evento como una necesidad de reconexión emocional y espiritual.

“Yo creo que esta es una manera muy genuina, muy intuitiva, casi que espiritual, de encontrarnos. No somos vecinos o amigos, no todos nos conocemos, pero yo creo que la energía de conectarnos con el Caribe, de conectarnos con la música, de conectarnos con nuestros ancestros, de conectarnos con quien queremos conmemorar estaba ahí y este espacio lo permitió”,

afirmó.


En Bogotá, lejos del mar y del calor las costas caribe y pacífica, el encuentro terminó convirtiéndose en una especie de refugio afectivo para quienes cargan su territorio en la memoria. El Semillero de Bullerengue abrió sus puertas para que la música y la comida hicieran el resto.


Fotografía: Wilber Laureus
Fotografía: Wilber Laureus

Natalie agradeció ese gesto colectivo:

“Agradezco mucho también a este espacio que es Semillero El Bullerengue aquí en Bogotá, que nos abrió sus puertas”.

Con su sonrisa de satisfacción por la misión cumplida, agregó que la comida también funciona como un puente emocional:

“nos recuerda de dónde somos, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestro hogar”.

La rapidez con la que se organizó el evento parecía darle todavía más sentido. Muchos llegaron sin conocerse, pero terminaron compartiendo confidencias, cantos y memorias comunes alrededor de la mesa.


Fotografía: Wilber Laureus
Fotografía: Wilber Laureus

La tarde fue cayendo lentamente sobre Teusaquillo, mientras el sonido de los tambores seguía llenando el lugar. Entre risas, platos vacíos y cantos improvisados, Afrika ofreció una última bendición cargada de simbolismo ancestral: “Infinitas gracias a Dios, a los orichas, a la Virgen, al universo, al río, al mar, a lo que creamos, a esa fuerza superior que nos tiene hoy aquí”.


Así fue como, sin importar si éramos de Pasto, de Barranquilla, de Bogotá o del Chocó, de Cartagena o de Pereira, por unas horas, Bogotá dejó de ser fría. El Caribe y el Pacífico, aparecieron servidos en totumas, cantados en coro y sentidos al golpe sobre los tambores.



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