Un amor animal: Sobre “El olvido que seremos”

La película, ganadora del premio a la mejor cinta iberoamericana en los premios Goya 2021, la vi hace unas horas; la novela la había leído hace unos cinco años. De la lectura del libro recordaba, entre todas las frases, esa que decía: “Amaba a mi padre con un amor animal”. En la película esa confesión no está dicha con palabras, sino ilustrada por el confesor: un niño que hunde la cara en la almohada de su papá tan pronto este se va de viaje y que le pide a la empleada del servicio que no lave las fundas para que conserven el olor de su dueño durante las semanas en que estará por fuera.

Héctor Abad hijo (Nicolás Reyes) y Héctor Abad padre (Javier Cámara). Fotograma de “El olvido que seremos” (Fernando Trueba, 2020).

Pensaba en qué significaba ese amor animal que dice y muestra El olvido que seremos, libro y película. Amar a alguien con un amor animal es desearlo con el instinto, extrañarlo con las vísceras, pensarlo con la sangre. El amor de los animales no se debilita con la rutina, que es un miedo humano. Como dijo Borges en “El Sur”, el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, mientras que el animal vive en la actualidad, “en la eternidad del instante”: un perpetuo ahora.


Los animales esperan la muerte sin miedo ni esperanza, porque no saben que van a morir y lo que eso significa. En ese sentido, son inmortales. Si fallecen en una madrugada, no tienen conciencia de que esa será la última. Los niños también son inmortales hasta que llega el día definitivo en que descubren que la mayoría de las mariposas no viven más de dos semanas y que las personas que los rodean dejarán de estar con ellos llegado cierto día.


Sin embargo, la fe en la inmortalidad no acaba con el conocimiento de la muerte. Un día, Héctor, el niño que hunde la cara en aquella almohada sin lavar, conoce a un cadáver en la morgue; otro día visita por casualidad la escena de la explosión de un carro bomba en una calle de Medellín; otro día ve a su hermana morir de cáncer, y, a pesar de todo eso, sigue creyendo en la inmortalidad de su papá.


En realidad, todos, en cierto modo, conservamos esa fe. Basta con perder algo o a alguien para de inmediato sentir que es absurdo que ese planeta que siempre estuvo allí (para utilizar la imagen de Rodrigo García Barcha) de repente ya no va a estar más. Pienso en todo esto y me digo que amar con un amor animal es convencerse, pese a las pruebas contrarias, de que el objeto de ese amor estará con nosotros para siempre.