Santo Tomás, tierra de escritores

Presentamos la segunda y última entrega de este reportaje sobre cuatro escritores tomasinos. En esta oportunidad, los protagonistas son un joven multipremiado que escribe sobre magos y la guerra después de la guerra y una profesora poeta, cuentista, novelista y pintora.


Cantidad sin rivalidad


Los estudiantes que llegan a Santo Tomás en busca de un escritor o un docente que los asista en alguna investigación se sorprenden de que abunden las opciones. Es fácil localizarlos porque los lugareños, que hablan de ellos con una mezcla de orgullo y camaradería, los reconocen por traza, nombre y apellido.


Además, la distancia entre sus casas es a menudo tan corta, que pueden indicarse con un simple gesto del brazo.


Entre los literatos de allí parece no haber la rivalidad de egos que (aseguran) es moneda corriente entre los artistas: escriben libros a cuatro y a ocho manos y colaboran en revistas fundadas por otros. La misma Feria del Libro de Santo Tomás (cuya primera versión fue en 2013) es una prenda, tal vez la mayor, de este trabajo compartido.


Iván, la opción de un milagro.


Bobby Bertrand es un gánster y quiere ser otro. Prófugo de la justicia, decide utilizar un invento que le permite cambiar de cuerpo con un individuo que, como no tarda en descubrir, termina siendo más punible que él. Con este cuento, que acabo de resumir mal, donde hay ecos del H. G. Wells de “The Story of the Late Mr. Elvesham” y que se titula “El intercambio”, Iván Fontalvo ganó un concurso de relato de ciencia ficción en Bogotá. En un certamen organizado por la Universidad de San Buenaventura en el 2016, tres de sus cuentos breves obtuvieron mención de honor; en uno de ellos, un mago con mala ortografía

escribe “hola” sin h al inicio de una carta y, cuando el destinatario la abre, aparece el mar.


“Iván Darío Fontalvo es un alivio, o la opción de un milagro en medio de un océano de mediocridades sulfuradas por la muerte del espíritu”, dijo de él Pedro Conrado en cierta ocasión. Tiene 29 años y está a punto de convertirse en ingeniero industrial. A finales de 2017 apareció su primera novela. Ramón Molinares se la había mostrado al director de la Alianza Francesa de Barranquilla; tanta fue la fascinación del hombre tras la lectura de los cerca de 60 folios mecanografiados, que decidió patrocinar su publicación. Su título es Ojalá la guerra…


—¿Cómo surgió la idea para el argumento de tu novela?


—Había leído un montón de cosas sobre la guerra en distintos contextos, pero siempre las exploraciones eran físicas, pocas veces sicológicas. Otro aspecto particular es que la guerra era abordada como un universo persistente, casi constante, cuando la historia nos dice que los conflictos no duran para siempre.
De manera que, después de tener la idea transversal de la obra en la mente, me ocupé en construirla de tal forma que se percibieran los antecedentes y, sobre todo, los eventos posteriores al conflicto. Esa exploración me permitió concentrarme en asuntos que van más allá del espacio opresivo de las balas y escapar de las categorizaciones y evaluaciones estandarizadas. Traté de obrar imparcialmente con los personajes y que mi presencia como narrador omnisciente pasara desapercibida.

—En la sinopsis de lanzamiento se afirma que una idea que ronda Ojalá la guerra… es que “incluso de la miseria se pueden rescatar cosas deseables”. ¿Estás convencido de eso?

—Estoy convencido de que el ser humano está capacitado para hallar belleza en cualquier escenario. Es una característica de adaptación que ya no deberíamos poseer, pero que, sin embargo, todavía poseemos. En todo caso, lo que propongo en el libro no son axiomas, sino ideas debatibles. Incluyo en varios apartes reflexiones sueltas con las que en algunos casos no estoy de acuerdo pero que, en virtud del desarrollo imparcial del que te hablé antes, consideré que debían ser incluidas, y me valgo de la sugerencia para no decir nada y sin embargo tratar de decir mucho. Si logré mi cometido no me corresponde a mí decirlo, sino a las personas que tengan la bondad de leer el texto.

—¿En qué punto se reconcilian tus estudios de ingeniería y tu carrera literaria?


—No creo que se reconcilien en ningún punto, pero por lo menos he logrado que ambas esferas de mi vida se influencien una a otra. La ingeniería persigue objetivos que creo que aplican a mi estilo literario: la eficiencia al costo más bajo es uno de ellos. La aplicación narrativa de esto sería utilizar la menor cantidad de palabras posibles para contar una historia que no por dicha economía deje de ser bella. Por otro lado, la literatura me ha permitido escapar del ego de los ingenieros, quienes suelen creer que por haber sorteado cinco asignaturas de cálculo son las mentes más brillantes del universo. No digo que uno no deba reconocerse cosas, pero estoy plenamente convencido de que el camino más corto al conocimiento es la humildad.

El año pasado, Iván ganó el primer Concurso de Microrrelato Altazor; un año antes había obtenido el cuarto Concurso de Novela Universitaria UIS. Uno de los premios de este último fue la publicación de la obra, titulada Una obra de arte.


Tatiana se pinta y se busca


Ha publicado dos poemarios, tres colecciones de cuentos y una novela inédita, Vidas prestadas, en la que estuvo trabajando por cuatro años.

Tatiana Guardiola.

Tatiana Guardiola, quien desde hace varios años ejerce la docencia en la Normal Superior la Hacienda de Barranquilla, es licenciada en Idiomas y magister en Literatura Hispanoamericana. Una de sus facetas menos conocidas es la de artista plástica.


—¿Qué relación hay entre su obra literaria y sus pinturas?


—La búsqueda es la misma: tratar de entenderme mejor, reinventarme. Por más puertas de lecturas que uno abra y a pesar del afán por mejorar la técnica, etcétera, en el fondo lo que se busca es el conocimiento íntimo.
—Al leer cuentos como “Espejo”, “Jofaina” o “Mosaico”, uno percibe que tienen en común los desencuentros y temas como la soledad y la incomunicación…
—Yo misma soy una persona solitaria, por más estereotípico que eso se le oiga a un escritor. Debe ser un reflejo de mi propia realidad.

—¿Por qué, aparte de usted, no se conocen otras escritoras de Santo Tomás?


—Considero que no solamente es en Santo Tomás; es algo que ocurre en el mundo. Para una mujer escribir es un reto porque estamos en una sociedad machista donde aún sigue siendo tabú que nosotras nos asumamos como seres sexuados, con derecho a equivocarnos, a ser grotescas, cómicas. La figura femenina es reducida al perfeccionismo y a ubicarse bien socialmente. Hay muchas mujeres talentosas en el municipio: mujeres que escriben con una gran sensibilidad, pero que terminan rindiéndose por las injusticias sociales y de género. Además de eso, por los roles que les asignan a las mujeres (como madres y esposas abnegadas, por ejemplo), nuestros tiempos no son iguales a los de un hombre. Eso hace que escribir, para nosotras, sea más difícil.

Una extraña ambición


A todas estas, ¿por qué hay tantos escritores y profesionales en Santo Tomás? ¿A qué se debe que, como dice Ramón Molinares, el tomasino busque con menos afán la abundancia económica que la educación y el aprendizaje?



El difunto historiador José Isaías Lobo dejó escrito que esa extraña ambición tiene su origen en la “compleja red de comunicaciones político-culturales” que atravesó al municipio ya en la época colonial.


Tatiana Guardiola, por su parte, observa que su pueblo natal ha sido muy despierto y receptivo a los movimientos artísticos que ha habido en el mundo.


“En la época de los 70, se empezaron a leer obras francesas y de todos los lugares”, dice. “El tomasino es lector y emprendedor y, en ese sentido, también es rebelde”.

Otros recuerdan que cuando en el municipio se fundó el colegio de bachillerato, el pueblo se transformó, pues los graduados buscaron tercamente volverse profesionales. “A los primeros profesionales tomasinos, que éramos como doce o quince, nos decían despectivamente ‘los licenciaditos’”, cuenta Ramón.


“Nosotros le dábamos valor a la educación y por eso nuestros hijos empezaron a cursar estudios superiores. Eso provocó que en Santo Tomás se armara una competencia sana, que todavía perdura”.

De esa cultura de la competición surgieron, asimismo, Julio César Lara y Tito “Sensación” Mejía, filólogo, docente, locutor y poeta. En su muro de Facebook, el autor de La suma de las noches y de Crónica de los días escribió:


“Yo crecí con la triste sensación de que lo único que sucedía en mi pueblo eran los flagelantes del Viernes Santo, hasta que una gama de escritores e historiadores oriundos de aquí, como Ricardo Guardiola (q. e. p. d.), Ramón Molinares, Mario Molinares, Pedro Conrado, Aurelio Pizarro, Iván Fontalvo, Félix Pizarro, Pedro Badillo, Adalberto Charris (q. e. p. d.), Tatiana Guardiola, Frensis Salcedo, entre otros, con una precisión matemática, argumentaron lo contrario. Hoy se siguen viendo los flagelantes, pero hay otro color bajo el cielo tomasino”.