Séptima Palabra: Padre: en tus manos encomiendo mi espíritu

“Era alrededor del medio día; se ocultó el sol y todo el territorio quedó en tinieblas hasta media tarde. El velo del santuario se rasgó por el medio. Jesús gritó con voz potente: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dicho esto, expiró. Al ver lo que sucedía, el centurión glorificó a Dios diciendo: Realmente es hombre era inocente.” (Lc 23,44-47)


El sol se ocultó y todo el país quedó en tinieblas… todo estaba perdido, todo había sido un rotundo fracaso. Se patentiza la consolidación del poderío romano y la complicidad traicionera de sus paisanos. Las estructuras injustas que había denunciado seguían intactas. Todo aquel que se atreviera a cuestionar y a proponer algo diferente era atrapado por las garras del águila imperial, una aventura sin escape.


El sol se ocultó y todo el país quedó en tinieblas… todo era tiniebla, todo era desolación… pero nunca es más oscuro que cuando va a amanecer. Y escondida bajo el ropaje de la muerte estaba la vida, escondida bajo el ropaje de la derrota estaba la victoria.


En tus manos encomiendo mi espíritu es el último grito de esperanza. Aunque no logró consolidar su proyecto, aunque lo “derrotaron” las fuerzas del mal, confió de tal manera en su Padre que gritó con voz muy fuerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Antes había dicho: “No teman a los que matan el cuerpo, teman a los que pueden llevar el alma a la gehena” (Mt 10,28). Mataron su cuerpo, pero no podían matar su espíritu que sólo estaba en manos del Padre.


Estas palabras son la consolidación de su proyecto, de su fe y de su esperanza. Son la negación de la victoria final de la muerte. Aún en la más profunda oscuridad, aún en la más vergonzosa derrota tenemos que seguir esperando contra toda desesperanza que nuestra vida, que nuestro espíritu que nuestros pueblos podrán a ver la luz.


A veces no es fácil asumir una actitud de esperanza. Sobre todo, en algunos contextos sociales y personales en los que se viven situaciones difíciles.


Pero no podemos renunciar. Tenemos que escuchar el grito de Jesús en el grito de tantos crucificados. No podemos renunciar. Tenemos que unirnos al grito de Jesús para decirle al Padre que en sus manos encomendamos nuestro espíritu. Que seguimos de pies. Que creemos en Él, que nos negamos a pensar que la muerte tenga la última palabra, que nos negamos a entregarnos en las manos de quienes siguen persiguiendo, crucificando y matando a nuestra gente, deforestando bosques, secando humedales, canalizando ríos. Que nos negamos a creer que “no nacimos pa’ semilla”, que nos negamos a creer que no merecemos ser amados y que negamos aceptar que el ser humano no es más que una mueca de dolor.


Hoy nuestros campos y ciudades, nuestro país y, tal vez, nuestro mundo se parece a aquella fatídica tarde de nisán (mes del calendario judío) en la que el sol se ocultó y reinaban las tinieblas. Pero no renunciamos, no nos rendimos. Como dijo Víctor Heredia: todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos, que el jardín se ilumine con las risas y el canto de los que amamos tanto. Y seguimos luchando por un día distinto, sin apremios ni ayunos, sin temor y sin llanto porque vuelvan al nido nuestros seres queridos…


Hoy como ayer tenemos que levantar nuestro grito al unísono con Jesús: Padre, en tus manos encomendamos nuestro espíritu. En tus manos encomendados nuestras familias, en tus manos encomendamos nuestro pueblo que camina.


Pero quiero invitarlos a algo: no dejemos en manos de Dios lo que está en nuestras manos. Es irresponsable dejar en manos de Dios lo que tenemos que hacer nosotros. Si somos padres, seamos responsables de nuestros hijos, protejámoslos, eduquémoslos para que sean buenos seres humanos, felices, dignos constructores de vida, de justicia y de paz. Como padres, como hijos, como ciudadanos, como trabajadores, como varones o como mujeres, como seres humanos.


Muchas veces le hemos dejado el país a quienes, en nombre de Dios o de la vida, han impuesto políticas de la muerte. Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para hacer posible que la vida, el amor, la alegría, la dignidad y la justicia sobresalgan sobre todo aquello que intenta matar nuestra esperanza.


Vivamos comprometidos como si Dios no existiera, como si todo dependiera de nosotros, pero aún en medio de las derrotas sigamos trabajando con esperanza como si todo dependiera del Dios Padre-Madre que nos ama y en cuyas manos nuestra vida se conduce a la plenitud.