Relatos de la pandemia: L'amour a su combler les silences

Siempre lo veía sentarse en el vagón central, con sus gafas con montura de alambre, su tapabocas de sarga y un morral de cuero a los pies. Ella se montaba en la segunda estación; él en la quinta. Si bien el tapabocas solo le dejaba ver la primera mitad de su cara (el pelo ondulado y oscuro, las orejas pequeñas, las cejas impetuosas, los ojos pardos y serenos), ella le había inventado esa otra mitad en la imaginación, con una nariz grande y un poco desviada, labios frescos, dientes regulares, mentón anguloso.



A partir de la mañana en que él empezó a usar unos audífonos de diadema, ella pudo entregarse con más libertad a su aventura secreta, porque el muchacho cerraba los ojos para oír la música. Lo contempló entonces con tal abandono, detalle y concentración, que un día se percató de que había desarrollado la habilidad de adivinar, a través de las palpitaciones del tapabocas y el ritmo del empañamiento de los lentes de las gafas, algunos versos de las canciones que él cantaba en silencio durante el viaje.

A la mañana siguiente, antes de que el metro se detuviera en la quinta estación, le dejó una nota en la silla que él solía ocupar. Tan pronto el muchacho apareció, ella sintió que la barriga se le retorcía como se retuerce una hoja al fuego. Él advirtió el papel doblado, lo agarró, se sentó, lo abrió, lo leyó. Alzó la mirada y ahí estaba ella. La miró indeciso un instante y, al final, cuando descubrió sus pómulos invadidos por el rubor y estuvo seguro de estar frente a la autora de la nota sin firma, le sonrió con los ojos por encima del tapabocas.

El papel decía: A mí también me gusta Aznavour