Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre (Falsos positivos, ejecuciones extrajudiciales)

“De pie junto a la cruz de Jesús estaban María su madre, la hermana de la madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. (Jn 19,25-27).


Es duro para una madre que su hijo termine en malos pasos, se meta en las drogas, en la delincuencia, en las pandillas, que termine preso o muerto en algún tiroteo.


María de Nazareth sabía que su hijo era algo extraño, sospechaba que estaba loco porque quería construir un reino muy diferente a los reinados de Herodes, de Pilatos, de Anás y de Caifás, e incluso diferente al de Augusto y Tiberio emperadores romanos, considerados dioses. Tenía el sueño, y a eso dedicó toda su vida, de construir el reino de la justicia donde los humanos podamos vivir libremente, ser felices y disfrutar la vida hasta la última gota, como los buenos vinos.


Sabía que su hijo no tenía dónde reclinar la cabeza, no era un poderoso empresario, se ganaba el pan con el sudor de su frente o de su lengua (ósea contando historias) o por la generosidad de las personas que apoyaban su ministerio. Pero estaba seguro de que no era un delincuente.


No obstante, fue castigado con el peor de los castigos de la época: la cruz y la muerte. Imaginemos a esa madre cuando conoce el veredicto y cuando ve a su hijo crucificado.

Pues algo así les pasó a las 6.402 madres que sufrieron por las ejecuciones extrajudiciales. Sufrían por sus hijos sin oportunidades, desaparecidos después que supuestamente fueron contratados para recoger café, para cuidar fincas o para cualquier otro oficio vario, en medio de esta sociedad que pare sus hijos para devorarlos. En medio de este pueblo mojigato que castiga el aborto de las mujeres pobres, pero no le importa que muchos niños sean abortados en las calles, en los pueblos, en las veredas y que crezcan sin oportunidades, sin alimentación y educación de calidad; abortos andantes, presa fácil de quienes de fachada se declaran provida, pero tienen las políticas más nefastas generadoras de muerte.


Mujer… “Ah, usted es la madre del jefe la organización narcoterrorista”, le dijeron a doña Luz Marina Bernal, madre de Fair Leonardo, cuando fue a reclamar el cuerpo de su hijo, uno de los 6.402 jóvenes que, según la JEP, fueron asesinados por algunos miembros del ejército para reclamar recompensa entre los años 2002 y 2008.


Ella sabía que su hijo tenía discapacidad en la mano y pierna derecha, que no solamente era incapaz de disparar un arma, sino que era incapaz de matar una hormiga porque las consideraba seres con derechos. Como ella, más de 6 mil madres recibieron esas duras palabras por los asesinatos extrajudiciales dados sólo entre los años 2002 y 2008.


Crucificados: los jóvenes asesinados vistos simplemente como un objeto para cobrar recompensas, sus madres, padres, hermanos, hijos que quedaron a su suerte.


Crucificadores: aquellos militares quienes teniendo legalmente el monopolio de las armas y habiéndoseles confiado el cuidado de la vida, no cumplieron con ese sagrado deber.


Aquellos que, según la JEP, ejecutaron la orden, pero nos deben a quienes dieron la orden, quienes protegen la impunidad y no obstante quieren seguir manejando los destinos de este pueblo que elige crucificadores y luego se queja de su mala suerte, que se declara provida, pero elige a los promotores de la muerte.


¿Cómo podríamos evitar que esta sociedad siga abortando hijos para la guerra, que siga abortando carne de cañón, números de bajas para cobrar recompensas, para que sigan siendo crucificados y que siga pariendo engendros que crucifican, que ejecutan, que dan la orden o que pagan la recompensa?