Los Julio Rojas, una familia que mantiene viva la tradición del bollo en Repelón

Actualizado: 22 de oct de 2019

Juana Julio Rojas, una mujer que ha dedicado la mayor parte de su vida al hacer y vender bollo en el municipio de Repelón, Atlántico.


Por: Karelis Sarmiento

Ya casi era diciembre, la época del año más esperada por todos en el pueblo, mes que trae nostalgia y recuerdos. Las calles de Repelón empezaban a vestirse de fiestas navideñas, las puertas de cada casa del pueblo, antes de llegar las seis de la tarde, se encontraban invadidas de gente, costumbre que hace parte del ser pueblerino.


En la entrada de la casa de Antonio Julio solo se veía el polvero que dejaban los burros al pasar, junto con las hojas que caían del árbol vecino dejándose llevar por la brisa casi decembrina. Esto cuenta Juana Julio Rojas, quien recuerda que su padre, un campesino trabajador, le decía que el día que ella nació Repelón estaba viviendo uno de los veranos más fuertes de los últimos tiempos. También recuerda que su mamá, Ángela Rojas, con una sonrisa en la boca le confesaba que desde su humilde casa de palma no solo estaban esperando el invierno sino su nacimiento.


Estaba concluyendo el verano y Antonio Julio no solo esperaba el invierno por la sequía en la que se encontraba su terruño; también esperaba a quien fuera otro de sus retoños. Esa tarde, que era igual a todas las de Repelón durante la época de fin de año, desde una de las casas de palma del pueblo, se escuchaba una algarabía, situación común cuando una mujer iba a dar a luz.


Había roto fuente Ángela Rojas. Buscaron a la partera más cercana y ese 16 de noviembre de 1938 nació Juana Julio Rojas, nombre que su padre, un campesino trabajador le había escuchado a un señor con quien trabajaba en los cultivos que realizaban de forma manual y rudimentaria.

En ese hogar conformado por 12 personas, el bollo se convirtió en el arma fuerte y de empuje para subsistir. Hacer y vender este producto fue, por más de 40 años, el oficio de Ángela Rojas, una mujer oriunda de Ciénaga (Magdalena) que llegó a Repelón enamorada de uno de los músicos de la Banda ‘20 de Julio’, a quien conoció en uno de los toques que realizaba en la región.


Ese arduo arte de elaborar con maíz una pasta esponjosa, que luego de empacar da vida al bollo, hace más de 50 años requería más de 16 horas. Antonino, como se le conocía en el pueblo a Antonio Julio, era quien pilaba el maíz, luego su esposa lo dejaba en remojo toda una noche. Un día de trabajo, para la familia Julio Rojas, comenzaba a las 02:30 de la mañana, cuando en una mesa improvisada montaban la máquina de moler a mano. Dando vuelta al molino se completaba otra de las fases para hacer el bollo; luego seguía empacarlo envuelto en las tusas de donde se saca el maíz y, finalmente, hervirlo en las cocinas de leña, a las únicas que se tenía acceso en ese entonces, hasta que estuviera listo. Este trabajo se ejerció desde 1920 en esa casa.


Juanita, como se le conoce en el pueblo al retoño de Ángela y Antonino, proviene de un hogar donde la mujer es de temple fuerte. Esa fue una de las cualidades que heredó de su madre y le permitió empezar a forjar su carácter desde pequeña. A los 13 años llegó a la estatura que hoy día aún mantiene: no sobrepasa 1. 50 m. A esa misma edad ya sabía hacer bollo y era la única de sus hermanos que mostraba interés en dedicarse a este oficio. Ahora tiene la espalda encorvada, como consecuencia del oficio al que se ha dedicado desde niña.


“Cuando me casé seguí haciendo bollo limpio, de yuca, mazorca y eso me ha dado para vivir. Antes yo me levantaba a las 03:00 de la mañana. Como enseñé a mis hijos a moler el maíz, ellos lo molían. En ese entonces había comprado otra máquina y me traje la de mi mamá para la casa. Ahí mis hijos mayores se ponían a competir y terminaban de moler rápido; yo hacia los bollos y a las 6 de la mañana mandaba para la casa de mi mamá 50 bollos y en la casa dejábamos 100 para vender”.



80 son los años que tiene Juana Julio. La mayoría de ellos los ha entregado a la elaboración de bollos. Aunque ya no se levanta con el primer canto del gallo en la madrugada, se inquieta cada que lo escucha, con ganas de sacar el pilón y ponerse a pilar. “Por aquí vivía una señora que me decía: señora Juanita, usted trabaja más que un burro; ahora mismo me fui y ahora que regreso te encuentro con los bollos listos”, recuerda.


Hace 20 años murió su esposo, quien desde su matrimonio trabajó arduamente para colaborar en la tarea fundamental de la casa: hacer bollos. El paso de los años ha hecho que la labor empiece a ser menos ardua. Juanita ya no se levanta a las 03:00 de la mañana y tampoco su hija Faustina, quien continúa con el legado de elaborar bollos. La industrialización ha permitido que el molino de mano sea sustituido por la máquina de moler eléctrica y que el pilar el maíz ya no sea necesario. De la cocina de leña solo queda su esqueleto y el polvo que se encuentra en la hornilla y en su superficie. Sin embargo, aún persiste la tradición, que parece estar a salvo por otras cuantas generaciones porque varios nietos de Juanita ya saben hacer bollo.