La Terminal en Soledad, el único refugio de docenas de venezolanos


Por Kiara Severiche Palmera


En Venezuela lo tenía todo, yo le decía a mi papá "Papi quiero esto" y él me lo daba. Así recuerda Paulina Ortiz la que era su vida hasta hace cuatro meses, cuando la crisis de Venezuela tocó las puertas de su hogar. Ella es una joven de 19 años procedente de Zulia, uno de los 23 estados que conforman el vecino país. Hace 3 días está en Barranquilla, procedente de Santa Marta, allí llegó por primera vez a Colombia, cuatro atrás, guiada por una amiga que ya había emigrado un tiempo atrás. "Allá (Venezuela) la situación es una grosería, todo está carísimo y el sueldo no alcanza. Compras una bolsa de harina y no hay para más". Ella recuerda que a su edad no sabía lo que era trabajar, hasta que por necesidad pisó territorio colombiano. Para salir adelante en la capital del Magdalena se rebuscaba trabajando en billares, vendiendo pollo, atendiendo en negocios y todo lo que saliera, pero la situación empezó a complicarse y por eso está en La Arenosa.  Dejó sus estudios de Gerencia en 5° semestre y fue la primera de su familia que se vino, porque no aguantaba la situación. Con la mirada perdida, trae a colación el día antes de venirse a Colombia, en el que había pasado sin comer "No había comida, todos pasamos el día sin comer hasta que a eso de las 10:00 u 11:00 de la noche conseguimos harina para hacer arepa". Semanas después de su arribo, sin saberlo, llegó su papá y posteriormente su mamá y hermana menor. Nostálgica dice "Yo no dejé un pedacito de tierra, yo tuve que dejar mi país, mi infancia, mi casa, absolutamente todo se quedó en Venezuela. En mi barrio ya no había gente, todos han abandonado sus casas por lo mismo" concluye. Mientras su papá se defiende para buscar quién le de empleo en albañilería o plomería, para sostener a su familia, ella recién llegada a Barranquilla, tiene la esperanza de ser contratada en uno de los negocios de la Terminal de Transportes en Soledad, donde también trabaja su tía. Yajaira Primera, tía de Paulina, tiene un mes y medio en Barranquilla, y se le nota cuando apenas se le menciona el tema, con los ojos casi lagrimeando, evoca que en Venezuela están su esposo con cuatro de sus hijos: 2 morochos y dos más grande. En total son 7, uno de los cuales, de 18 años, se arriesgó a venirse con ella en búsqueda de opciones laborales porque aquí "la cosa está mejor". Al llegar, sin conocer a nadie estuvo 12 días durmiendo en la Terminal de Transportes hasta que finalmente se contactó con una amiga que estaba desocupando una pieza cerca y Yajaira la tomó; mensualmente debe pagar $100.000. Ahí tiene meramente su colchoneta y las pocas pertenencias con las que se vino. En su caso, ha contado con 'mejor suerte' que la decena de personas que están albergadas en la Terminal sin ningún empleo. Ella vende tinto, cigarrillos y agua, mientras que su hijo se gana algunos pesos haciendo guardia en la Terminal o ayudando a los viajeros con sus maletas. Lo que venden tienen que hacerlo rendir para la comida de ambos, para pagar la pieza, para comprar en un almacén la mercancía y como si fuera poco, también deben enviarle dinero a su familia. "Lo que les mando no les alcanza para nada. No puedo mandarles todo los días, pero cuando lo hago, si acaso le dura a ellos dos días el dinero" afirma. 

Pero el panorama es todavía más desalentador para otros compatriotas, como el caso de una familia con tres pequeños de 7, 5 y 4 años. Los cinco están hace un mes instalados en la Terminal, pero dos meses atrás habían dejado su país por buscar mejores oportunidades en Maicao. Para lograrlo, vendieron pertenecías como una cama y un ventilador. 

En Maicao luego de dos meses las cosas se complicaron a tal punto que recuerda haber tenido que dormir al menos durante tres noches en el monte, con sus pequeños por no haber tenido dinero para pagar la pieza donde estaba.


"Mis niños aquí tienen mejor semblante, ellos adelgazaron mucho y perdieron peso durante el tiempo en Maicao" afirma visiblemente afectado.

Lo poco que se gana vendiendo galletas, dulces y agua, se destina primeramente a a la comida de sus hijos y luego si alcanza, para él y su esposa. En Venezuela quedó su mamá y sus hermanos y desde que se vino para Barranquilla, no sabe nada de su familia y viceversa.

Antes en Venezuela se dedicaba a pintar y remodelar casas, pero así como todos sus compatriotas, la situación ha empeorado considerablemente al punto de tener que dejar todo atrás. 

Mientras relata su situación, el menor de 4 años prueba un poco de bocado de almuerzo que compraron, no tiene idea de que puede ser lo único que coma en el día, depende de cómo le vaya  a su papá. Por momentos sonríe, desconociendo totalmente por lo que él y su familia están atravesando. Problamente no entiende por qué ha tenido que dejar la comodidad de su hogar, por dormir en cartones y a la intemperie a kilómetros de su territorio. 

Mientras la mamá del pequeño le da de comer un almuerzo que les costó $5.000, se acercan dos mujeres, de otro grupo de venezolanos. Cuando vieron que el plato tenía las tradicionales caraotas de Venezuela, se les iluminó el rostro y sonrieron, pero no les duró mucho. Al preguntar el precio la emoción se les acabó. Ellas son Kelly Mar y Ruth Franco, la primera dejó tres hijos en Venezuela, hace dos meses y además, está en estado de embarazo, mientras que la segunda dejó dos niños, de 4 años y un año y medio. No se conocían, así como muchos, pero se han ido haciendo amigos en medio de las dificultades.

Kelly era recepcionista de un hotel en su país, hace 15 días que no ha podido comunicarse con su familia y sólo en dos ocasiones desde que vive en la Terminal, ha podido mandar dinero "Yo sé aplicar keratina y me dijeron en dos ocasiones, apenas me pagaron envié la plata a mi familia y no he podido enviar más, asegura.

En el caso de Ruth, hace 30 días que llegó. No ha podido enviar dinero y está en búsqueda de empleo. Ella está buscando opciones laborales en lo que hacía en Venezuela: limpiar o preparar la comida en casas de familia. Ambas perdieron sus pertenencias hace 10 días mientras dormían, desconocen qué ocurrió con sus maletas, el hecho es que se las robaron. "Esto (señalando la ropa que lleva puesta) es lo único que tenemos, llega alguien y nos dona una ropa y nos la ponemos enseguida y así estamos ahora" asegura Ruth. 

Cuando cuentan con suerte, comen entre los que se han agrupado, la prioridad son las mujeres y niños. Otras veces la gente que ya conoce de su caso, llega hasta la Terminal y les ofrece comida sin costo.

"Esto es muy duro, uno aquí está porque le  toca, no lo elegimos(...) Aquí ahora ves gente, pero está vacío en comparación de la noche. Los policías a veces no entienden y lo sacan a uno como si fuera un perro. Entonces nos vamos a dormir al frente" afirma, mientras señala la fachada de un hotel y un negocio ubicados al frente de la terminal.

Cada grupo vive su propio drama, unos han tenido la suerte de encontrar trabajo, mientras que otros duermen o conversan  en el parqueadero del lugar. Ellos hoy sólo anhelan un trabajo decente para estabilizarse y conseguir una pieza donde puedan dormir dignamente y no en cajas de cartón como les ha tocado noche a noche en la Terminal.

*Hay un número para comunicarse en caso de que alguien pueda ofrecerles una oportunidad laboral: 322-414-2464*