El romanticismo escondido en los escribanos del ayer

Aquellos que en un tiempo pasado se aglomeraban entorno al amor, hoy solo son testigos y víctimas de la 4ta revolución a costa de la tecnología.


Maquina de escribir, principal herramienta de trabajo de los escribanos


Por: Ángela Pertuz


Los pocos que quedan hablan con desgano. Solo quedan unos cinco y dos son escribanos de tradición; hoy son desempleados que viven de hacer facturas a las afueras de Gobernación del Atlántico en el Centro Histórico de Barranquilla.


A mediados de los 70´s el amor se vivía de otra forma, totalmente contraria a como en la actualidad se disfruta, pues hace más de 40 años el amor estaba de moda.


Los escribas eran esa celestina que unían corazones a medio ser, con cartas delineadas a partir de pinceladas llenas de romanticismo que retrataban algo tan efímero, pero al tiempo algo tan eterno. Letras que nutrían el corazón con cada frase cargada de sentimientos, propenso a la felicidad.


Los testigos de amores prohibidos, pero a la vez tan fuertes e inalcanzables como el mismo cielo, todas las mañanas frente a su escueta máquina de escribir, se convertían en esa pequeña caja de sorpresa que suele ser el puente a algo tan anhelado.


El romeo, que por aquellos días tomaba un nombre cualquiera se postraba a los pies de aquel ser que sin más utilizaría las palabras perfectas para gritar a los cuatro vientos lo que sentía - “Dile que la amo con todo mi corazón…”


Todos los días con la primera alba, los escribas que rodeaban las zonas aledañas a centro histórico de Barranquilla se preparaban para llevar la buena nueva a una tal Julieta, que por momentos se hacía llamar “Carmen”, “Lucia” o “María.


La pequeña silla acompañada de su mesa, solían ser su eterna confidente, ellos no solo recurrían a aquello que les contaban, su principal fuente de inspiración era su corazón, que en ocasiones estaba igual de enamorado o simplemente padecía de un mal de amor bastante contrariado.

Unos movimientos cansados de pies solían ser aquel perpetuador de pasiones desenfrenadas y el lento vaivén de sus manos las que efectuaban el motivo de sus mañanas tan ocupadas, hoy solo se mueven para digitalizar textos que no van más allá, solo facturas que dejan a su corazón llenos de pesares.


Eran también contadores públicos que se encargaban de hacer documentos pues, en aquel entonces, en las notarías, las actas de propiedades y demás documentos públicos de importancia solo eran recibidos si estos se escribían a mano con una máquina de escribir.


Hoy, como detenidos en el tiempo se sientan en el paseo Bolívar a teclear en su antigua máquina. pocas personas son las que necesitan de su ayuda.

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