El oportunismo, ese mal colombiano

El lector debe acordarse. Diarios de Colombia y de Latinoamérica hablaron de Valentina Acosta como la “bella cuota colombiana” para los Juegos Olímpicos de Tokio, lo que sea que signifique ese lugar común. En redes sociales sus fotos se hicieron virales. En consecuencia, alrededor de su participación se crearon unas expectativas que, seamos claros, poco tenían que ver con el deporte.


El martes, la arquera quedó eliminada en primera ronda y entonces empezaron los reproches: “Tanto bombo para nada”, dijeron. Ambas cosas, halagos y reclamos, se originan en el machismo y son una muestra del oportunismo que caracteriza a muchos colombianos en más o menos todas las competencias deportivas.

Valentina Acosta en competencia / Foto: Comité Olímpico Colombiano

Para expresar mi punto, evitaré usar el argumento que se ha utilizado en este y otros casos parecidos: “Ella es una de las mejores del mundo en lo que hace. ¿Usted puede decir lo mismo? Si critica tanto, ¿por qué no va y gana usted?”.


No lo usaré porque entiendo que es una falacia: busca rechazar una afirmación sin desbaratar su validez, sino señalando la incompetencia o la ineptitud de quien la pronunció.


Bajo esa lógica, una persona que encuentra un mal sabor en la comida que le llevaron a la mesa no tendría la autoridad de decir nada al respecto, pues no cocina mejor que el chef. Habría que ser un experto absoluto en cada oficio imaginable para ganar el derecho de emitir apreciaciones sobre las cosas, lo cual es absurdo.


Me referiré, en cambio, al oportunismo de los que hasta hace dos semanas no sabían quién era Valentina Acosta, que nunca habían visto una partida de tiro con arco y que probablemente se enteraron de la eliminación por un titular de prensa, pero que, pese a todo lo anterior, misteriosamente se sienten acreditados para hablar de fracasos y exigir resultados magníficos de ella y de su deporte.


No deja de ser asombroso que haya quienes se atrevan a esperar podios como pago por su desinterés. Eso, sin considerar las dificultades que enfrentan los deportistas y en especial las deportistas colombianas de alto rendimiento para ser tenidas en cuenta y sobresalir en ciertas disciplinas. Esto, sin considerar que son los primeros Juegos Olímpicos de Valentina, que tiene 21 años.


En el fondo, esto fue lo que pasó: Valentina debió hacerse cargo de un lastre que otros le pusieron.


La redujeron a una cara bonita, y, de un momento a otro, le impusieron la obligación de probarle (?) al país que no solo era linda, sino que además era buena en su deporte: como si estar en los Juegos Olímpicos no fuera suficiente prueba de su destreza: como si su belleza, explotada por los medios hasta la hartura, la comprometiera a obtener una medalla para justificar el lugar que se ganó con preparación y, de seguro, habiendo tenido que combatir ese mismo estigma machista en el proceso clasificatorio.


Valentina dio sus razones para la eliminación temprana: el viento le jugó en contra y ella misma no estaba en su mejor forma, no se sabe si mental o físicamente. A esos motivos puede agregarse otro, que tal vez por ser evidente ha sido ignorado por los críticos de su desempeño: Valentina debió competir con Sarah Bettles, una tiradora con varios años más de experiencia que ella. Con todo y eso, jugaron cinco sets: la partida estuvo reñida.


Es una obviedad, pero hay que decirla porque muchos la olvidan: perder en competencia hace parte de las posibilidades. Reclamar triunfos cuando se es incapaz de acompañar en la derrota es una mezquindad. Ocurrió con Valentina pero ya había ocurrido con Nairo Quintana y con otros. Este, no cabe duda, es uno de los males colombianos. Si alguien quiere tener excelentes representantes, sería buena idea que también se preocupara por ser un excelente representado.