El enemigo invisible que se alimenta de ti, de mí; de nosotros


Calles de Galala, Atlántico, el 2do día del aislamiento preventivo // Fotografía: Ángela Pertuz


Por: Ángela Pertuz


2do día del aislamiento preventivo, y la vida, hoy se asemeja a un cuento surrealista, al mejor estilo de Gabo; y no, por la peste del insomnio que entre sucesos dejaba en vilo a Macondo en Cien años de Soledad, sino por el realismo mágico que abraza, nuestra cotidianidad como colombianos y habitantes del mundo. Todo es nuevo, y lo nuevo bajo estas condiciones inquieta explorarlo.


Jueves, 26 de marzo, 8:00 am. En el rostro de dos habitantes que caminan las desoladas calles del municipio de Galapa, en el Atlántico, solo reflejan con su mirada, la zozobra mezclada con un miedo, casi palpable en el aire que se respira; uno, que esta vez es filtrado por una lona azul que recubre la boca y la nariz. Ella agarra la parte superior del brazo, del que parece, es su pareja.


5to día del aislamiento preventivo, salgo a comprar unas verduras. El panorama no es alentador, las calles están vacías; un silencio sepulcral se apodera de ellas y te invita a ser parte de él. ¿Cómo me siento? El agobio se apodera mí, nunca había visto algo parecido; la panadería que está a una cuadra de la plaza central, solía estar de 6:00 am a 10:00 pm abierta, hoy está cerrada, el vendedor de paleta que pregona al medio día su mercancía hace mucho no pasa y el muchacho del peto, ni sombra de su existencia.


Los supermercados de cadena están abiertos, y entre cada uno de ellos, varias son las tiendas que de par en par están dispuestas al ciudadano. Entro a la primera. Un pequeño cuarto atiborrado de frutas y verduras es la primera imagen de bienvenida.


A mi derecha, una cuerda alta sostiene las ramas de cebollín, parecen una franja degradada que va del blanco del tallo manchado por el marrón de sus raíces hasta el verde biche de sus ramificaciones; debajo canastas separadas en las que reposa tomate, cebolla blanca, pimento, y justo al frente, a poco menos de dos metros los mismos cubículos, pero con ahuyama, yuca y ají topito; al fondo un muro, que hace las veces de mostrador separa a Angélica, la tendera.


Cebollines colgados en la tienda // Fotografía: Ángela Pertuz


Ella, con un tapaboca va pasando por el peso cada una de las verduras que van siendo encargada por aproximadamente 4 clientes que están en el lugar, su tono familiar y el sonido de sus palabras hace imaginar a quien la escucha, que sonríe.


Mientras atiende, se mueve de aquí para allá y habla, pero en ningún momento menciona el virus, solo su efecto en su labor como tendera: la especulación de los alimentos.

Angélica, atendiendo la tienda // Fotografía: Ángela Pertuz


Cuando apoya su codo en el mostrado, con su cuerpo reclinado hacía el frente y una bolsa de papa sostenida en su mano dice “…es que la gente se aprovecha de la situación, como es que la libra de papa va a costar en el mercado 3mil pesos, si yo, aquí la tengo por 1mil”, cuando una señora, de pelo manchado por los años y tez arrugada, con tono inquietante, le pregunta ¿usted si le está ganando a estos días?, ella, mientras el abanico destartalado posado a un lado del mostrador, le echa fresco, afirma segura “Si le subo, le gano, sino estoy trabajando lo mismo por lo mismo”


Su accionar deja entrever el miedo que la aqueja, no por contraer el virus sino por el estado de su negocio “Son pocas las personas que vienen y compran” expresa de la nada, Angélica, para añadir, “la gente se va para los súper mercados de cadenas, y ¿uno?”.