El Carnaval del rebusque
- Carlos Hernández Rojas

- hace 1 hora
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“Tú sabes, rey, andamos en el rebusque.” “Aquí, rebuscándome con esta vainita.” “Como están las cosas, uno tiene que rebuscarse con lo que sea.”
Autor: Sebastián Martínez

Diariamente, en Barranquilla, escuchamos estas expresiones. Quienes las dicen se refieren al rebusque como ese "trabajito" que hacen mientras consiguen una labor fija. Sin embargo, la palabra adquiere un significado más profundo cuando entendemos su trasfondo: “me estoy rebuscando” se convierte en un término reduccionista que se utiliza para referirse a esa lucha constante en contra de un sistema que limita las oportunidades de la clase trabajadora.
“El costeño es vago”, una frase instalada por el resto del país. Y, si fuera cierto, ¿Cómo se explican estas imágenes?

¿Cómo se explica que, mientras unos disfrutan del carnaval, otros
sigan rebuscándose para poder llevar un plato a la mesa? El costeño no es vago; es un ser humano capaz de pausar su vida durante los cuatro días de carnaval para honrar la tradición cultural más grande que tenemos como colombianos.
Barranquilla, particularmente, es ese pedacito de tierra donde un vendedor puede tener una cerveza en la mano, en la mitad de un desfile, mientras voltea una arepa en el asador o sazona un chuzo con un picó de fondo reventándole los tímpanos. Aquí, el trabajo y la fiesta no se excluyen; conviven.
En el “Carnaval del Rebusque” todo se vale: hay quienes se disfrazan de mujer y, entre burlas y manoseos a hombres, se ganan sus pesos; también aquellos que se pintan de indio y asustan a los niños; la mujer que se disfraza de loca; el embarazado; el sin cabeza; o incluso los típicos vendedores de papitas, chuzos y Bonice, y el señor con su carrito de tintos. Sí, en medio del alboroto y del baile también hay espacio para tomarse un tinto.

Quienes nunca han vivido el Carnaval de Barranquilla podrían pensar que es agotador recorrer un desfile completo intentando vender toda la mercancía. Y no lo es.
No cualquiera se atreve a caminar bajo un sol de más de 30 grados, con un canasto al hombro, durante un recorrido de cinco o seis kilómetros. Pero aquellos que aprovechan la festividad para rebuscarse, esta dinámica diaria se convierte en su rutina; rutina que no pueden pausar, pero que sí pueden disfrutar con un bailecito o con el goce de las comparsas que van pasando en frente de ellos.
Ese es su lugar en el carnaval: detrás de las comparsas y carrozas, entre el "tumulto" de gente, en cada esquina por si se te antoja algo o en cualquier espacio del desfile, ofreciendo un alimento para seguir la fiesta. Muchos de ellos quisieran disfrutar como el resto. En conversación con un vendedor ambulante, tras repetidas peticiones de mantener su relato en el anonimato y luego de explicarle la intención de este trabajo, me comentó, con cierto descontento, que no está de acuerdo con el trato que recibe por parte de los organizadores del desfile. Manifestó que antes podían caminar al borde del recorrido ofreciendo sus productos, mientras que ahora deben conformarse con vender únicamente antes y después del desfile. Para él, el Carnaval del Bordillo ha perdido su esencia: antes era un espacio sin barandas, con sillas a menos de diez mil pesos y un evento donde las familias disfrutaban de la simpleza del carnaval.

El contexto social sumerge a estos vendedores en escenarios de negación de compra por parte de los clientes, regateos entre consumidor y comerciante, desalojos del espacio público por parte del equipo logístico e insultos de algunos espectadores, a quienes el paso de los vendedores del interrumpe la vista del espectáculo. Estas situaciones son reflejo de lo que sus cuerpos comunican: algunos, con rabia, fruncen el ceño, manotean al personal de logística y, entre gritos contra los espectadores, sueltan expresiones coloquiales que poco buscan agradar a quienes se dirigen.

A eso de las 6:30 p. m., la Gran Parada Carlos Franco llega a su fin y ellos salen nuevamente al ruedo. En esta ocasión, la actitud es distinta: el desespero por acabar con la mercancía del día es notorio. Mientras unos recogen las sillas, otros alzan las barandas para pasar por el centro de la calle y evitar las aglomeraciones.
Los vendedores, entre gritos, promociones efímeras e intentos de venta fallidos, ven caer la tarde con el deber cumplido... no. Yo, por mi parte, me retiro con más preguntas que respuestas: ¿ahora a disfrutar o a seguir deambulando por las calles vendiendo?, ¿irán a descansar y mañana saldrán nuevamente a trabajar?, ¿valió la pena para ellos?, ¿Qué puedo hacer yo para cambiar la realidad de los vendedores ambulantes en el carnaval?
Es fácil para nosotros rechazarlos con un “gracias” o un “no, amigo, está muy caro”; respuestas que, por la rapidez, no nos permiten dimensionar el desgaste físico y emocional que conlleva su trabajo. La tradición no son solo las danzas, los disfraces o los personajes populares: ellos también hacen parte de esto. Los vendedores son la tradición de un carnaval que no se vive con euforia, pero que sostiene familias, genera ingresos y dignifica al ser humano, me refiero a ese carnaval que yo denomino como: “El Carnaval del Rebusque".
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