María: nuestra madre espiritual y nuestra hermana en la nueva familia de Jesús



Autor: Neptalí Díaz Villán

La advocación mariana de Nuestra Madre del Carmen surgió en el monte Carmelo, ubicado al noroeste de palestina cerca de Nazaret, norte de Israel en la ciudad de Haifa, con esplendida vista sobre el mar Mediterráneo y el sur del Líbano. Es una de las devociones más antiguas y de profunda tradición cristiana. Bajo su protección están los marineros, los conductores y otros gremios. La religiosidad popular ha revestido esta fiesta de una gran altura cultural propia de nuestras regiones. Muchas veces se ha desviado en manifestaciones de intolerancia, de violencia, de borracheras y desórdenes, confundiendo el auténtico sentido de una celebración de fe. Pero actualmente, sin ser perfecta, se ha ido purificando poco a poco. Mucha gente celebra hoy con alegría la presencia maternal de María que la conduce con su mano firme y suave por el camino del bien, brindándole seguridad y consuelo.


En el Evangelio que compartimos podemos ver dos tipos de familia: por una parte está la biológica, nacional, el pueblo judío y por otra la nueva familia inaugurada por Jesús.


El texto empieza diciendo que Jesús todavía estaba hablándoles a las multitudes cuando llegaron la madre y los hermanos y se pararon fuera, buscando hablarle. Les hablaba de la necesidad de romper con cierto tipo de mentalidad cerrada que oprime y detiene el desarrollo de la vida humana y la auténtica relación con Dios (Mt 12, 38-41). La señal de Jonás es la de entregar la vida para salvar la de los demás. Eso es lo que hace Jonás y lo que hace también Jesús. Tres días en vientre del cetáceo, tres días en el vientre de la madre tierra. Tres significa el tiempo en el que Dios actúa. Así que es necesario ver la acción de Dios en cada cosa, en cada tiempo. Por otra parte, con el signo de Jonás, los no judíos, considerados paganos, idólatras, sin derechos a la salvación por no hacer parte del pueblo elegido, creen en Dios, le ofrecen sacrificios y hacen votos (Jon 1,16). Hay aquí una señal, pero no la señal de poder que piden los judíos, no la señal de un mesianismo político militar nacionalista sino una señal de apertura mental y espiritual, una señal de apertura cultural y religiosa hacia lo nuevo, hacia un universo más amplio. Esa es la señal que ofrece Jesús, pero ellos no la ven o no la quieren ver.


La extranjera reina del sur que va a visitar a Salomón también se convierte en una señal de apertura, de búsqueda y de ofrecimiento del conocimiento, de la sabiduría (Mt 12,42). Para Jesús es claro que la mentalidad cerrada, nacionalista, militarista, exclusivista y excluyente, deseosa de poder y de dominio hay que extirparla de raíz como los malos espíritus; de lo contrario se corre el riesgo de volver a algo peor (vv. 43-45).


Mientras Jesús proponía todo esto, se da una interrupción del discurso por parte de “su madre y sus hermanos”. Se trata no tanto de su madre y sus hermanos biológicos. Esa discusión entre quienes dicen que María tuvo más hijos o no tuvo más hijos aquí no tiene importancia. Si María tuvo o no tuvo más hijos no le quita ni le pone, eso es problema de ella. Eso sólo le preocupa a personas como las que en la edad media duraban toda la vida “investigando” el sexo de los ángeles y cuántos de ellos cabían en la punta de un alfiler.


La madre representa el origen nacional, étnico de Jesús, y los hermanos la organización socioreligiosa, su pueblo, la convivencia social. Cuando habla de “su madre y sus hermanos” se trata por lo tanto del pueblo judío que se para y desde fuera interrumpe el discurso abierto de Jesús; se muestra contrario a él. No entran, no quieren entrar en la propuesta de Jesús. Están por lo tanto en confrontación, en hostilidad a Él.


No se muestran dispuestos a seguir su propuesta nueva, universalista, abierta. Lo interrumpen desde fuera, lo enfrentan y lo señalan de estar rompiendo con una tradición lo cual, desde su perspectiva, no se debe hacer. En eso los judíos con sus autoridades a la cabeza se sienten muy seguros; de ahí el verbo pararse, es decir trancarse en una idea, en una postura radical, rígida que no les permite ceder. Es decir que hay un contraste entre la enseñanza de Jesús y la mentalidad oficial del pueblo judío.


¿Quién es el que habla? Alguien de los presentes y le dice a Jesús: “mira”. Como quien dice, para, pon atención, te estás metiendo en un terreno peligroso; y se lo hace ver, advierte esa contradicción que confunde a la gente y provoca crisis.


No es alguien en particular, se trata de un personaje que representa a la gente, que se interroga, que se cuestiona, que advierte algo nuevo y queda confundido, sin saber qué hacer. De alguna manera le exige que dé explicaciones sobre el porqué de esa actitud, de esa nueva propuesta que se aparta de la ortodoxia, de la mentalidad nacional, de lo que todo el pueblo ha creído y cree, de la tradición sagrada. De alguna manera le está diciendo: - oye, tú, por qué generas esa ruptura peligrosa que puede desestabilizar el pueblo entero…


Y es que efectivamente Jesús con su propuesta genera crisis y por eso lo interrumpen de manera hostil. Es una especie de llamado al orden, a que tenga cuidado en seguir por esos caminos espinosos y peligrosos. Los cambios generalmente generan crisis. Pero las crisis no necesariamente son malas. A veces son necesarias, aunque incomoden.

Pero Jesús no cede. Él ya ha hecho una ruptura y ha fundado una nueva familia. De manera que la familia judía, el pueblo judío ya no está compacto, ya no es uno solo. Ante el cuestionamiento del desconocido, él responde con una pregunta: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”


Luego extiende la mano y señala a sus discípulos. Ese gesto es símbolo de una actitud salvadora y liberadora, como cuando Moisés extendió la mano sobre el mar rojo (Ex 14,16). Recordemos que Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés que funda un nuevo pueblo con nuevas leyes. Con este símbolo dice que esos discípulos han superado el exclusivismo judío y no están sujetos a los límites que le imponen la cultura, la tradición, la ley, que por muy sagrada que se presente puede convertirse en un obstáculo para la realización plena de la vida.


El interlocutor le dice a Jesús que mire para afuera donde están “su madre y sus hermanos” ahí parados que le quieren hablar, que le reclaman, que le cuestionan. Pero Jesús le dice y le señala adentro, donde está la nueva familia que ha superado los límites judíos. Y señala directamente: “mi madre y mis hermanos” no son los están afuera y quieren hablarme, interrumpirme, detenerme, sino los que están adentro y me escuchan.

Es una paradoja. Porque quienes más seguían a Jesús eran los que estaban afuera de la ortodoxia judía, los considerados fuera de la salvación: extranjeros, enfermos, leprosos, pecadores, herejes, samaritanos, así como los excluidos por su género, por su edad, por su condición social: mujeres, niños, pobres. De ahí aquella expresión: “los últimos serán los primeros, los primeros serán los últimos” (Mt 20,6).


De esta manera toma distancia de su propia cultura, de su pueblo, de su familia, de su religión, hace una ruptura radical. Se dice fácil, pero seguramente fue un proceso muy doloroso que necesitó mucho tiempo, mucha reflexión, y un carácter firme y sereno para definir.


Al final apunta: “Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre del cielo ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (v50). De esta manera supera las relaciones de poder presentado por el padre o la madre y pone en primer lugar ser hermano, es decir relaciones mutuas de filiación con Dios y de fraternidad entre hermanos. Es muy importante ver que aquí menciona en primer lugar la hermandad: “mi hermano y mi hermana”; en segundo lugar “mi madre”.


Por lo tanto no caben las relaciones de subyugación, de dependencia, sino de fraternidad y de compromiso mutuo. Puede participar de esa nueva familia todo aquel que quiera entrar, todo aquel que quiera hacer la voluntad del Padre. La clave para entrar está no en pertenecer a un grupo determinado, ni siquiera en la aceptación racional de unos dogmas fijos, sino en la práctica, en la vida: “el que haga la voluntad del Padre.” Quien se comprometa con la realización del proyecto salvífico del Padre para la humanidad. Eso está en coherencia con el significado de hijo en la cultura judía: hijo en la Biblia es el que hace la obra del padre. Jesús es hijo de Dios porque continúa la obra del Padre; y sus seguidores serán hijos de Dios en la medida que continúen, con el mismo proyecto de Jesús: la realización del proyecto salvífico del Padre, es decir el Reino de Dios y su justicia.

Y ¿dónde queda la figura de María en todo esto? ¿Queda mal parada? ¡De ninguna manera, todo lo contrario! Queda bien ubicada, donde debe estar. Muchas veces le hemos dado una importancia equivocada y hasta totalmente contraria al evangelio y a la persona humilde, generosa y comprometida de María. Muchas veces la hemos arropado con mantos de beatitudes celestiales que desdibujan su auténtica figura.


María tiene una importancia central en el camino de Jesús pero no tanto por haber sido una princesa de hadas que no fue. Decir que María fue una madre reina y ponerle coronas que históricamente nunca usó, es faltarle el respeto, a ella y a los pobres. Es robársela al pueblo a quien le pertenece de manera especial, por su humildad, su entrega, su generosidad.


Durante mucho tiempo se enfatizó, además, casi de forma enfermiza, propia de la época medieval, en su virginidad; y eso a nivel personal no tiene ninguna importancia. Eso tiene una importancia simbología teológica, propia de las concepciones de personajes mitológicos de la época antigua, para la cual la biblia no es ajena. Afirmar que la concepción de Jesús fue virginal quiere decir que Jesús viene de Dios, que toda su vida, desde el principio hasta el final, estuvo bajo la sombra del Espíritu Santo, que su vida y su obra refleja la vida y la obra de Dios, su Padre.


María es relevante porque fue una buena madre. Porque junto a ella Jesús aprendió a amar, a vivir y se comprometió en la realización de la obra del Padre. Porque junto a ella creció en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los demás seres humanos (Lc 1,40.52).


Pero en este texto descubrimos algo más. Ella, simplemente por el hecho de ser la Madre de Jesús no tiene privilegio alguno. En el Reino no hay privilegios, no hay exclusivos ni exclusiones, ni siquiera para la misma madre de Jesús. Ella, como todos, hizo el camino, todo el camino, con humildad, con generosidad. De manera que ella es grande para el Reino no tanto por ser la madre de Jesús sino por haber escuchado la Palabra y hacer la voluntad del Padre. Ella es la mujer que sabe interpretar los signos de Dios, que le dice SI a Dios desde el principio hasta el final.


Ella es la madre biológica de Jesús y la madre espiritual de la Iglesia, pero también es la hermana de los discípulos porque realiza la voluntad del Padre. Por eso en esta fiesta de Nuestra Madre del Carmen tomamos consciencia de que estamos invitados a hacer parte de la nueva familia inaugurada por Jesús. La familia de los que hacen la voluntad del Padre. La familia en la cual María es nuestra madre espiritual y también nuestra hermana que ha recorrido todo un camino y ahora nos acompaña con su amor generoso a realizar el nuestro superando las relaciones de poder y de dominio, abiertos al servicio y a la fraternidad universal y comprometidos con el Reino de Dios y su justicia.


¿Necesitamos hacer rupturas como la que hizo Jesús? ¿Cuáles? Ubicándonos en esta escena, ¿Estamos fuera ahí parados interrumpiendo y confrontación a lo nuevo o, estamos dentro escuchando a Jesús? ¿Hacemos parte, como María, de la nueva familia de Jesús? ¿Realizamos la voluntad del Padre