BLOGGEROS | El derecho a quejarse

Desde que empezó esta época desafortunada, una de las escenas mundanas que más me ha tocado en suerte ver es la siguiente: una persona quejándose de alguna calamidad particular y otra persona respondiéndole que no debería quejarse, ya que, en este momento, el mundo está acosado por problemas peores. En ese sentido, ver a vendedores ambulantes sin clientela, comercios quebrados o familias disminuidas por la enfermedad le debería servir a quien se queja para recapacitar sobre su actitud.


Por: Luis Ramos Palacín



Pienso que conocer casos más desafortunados que el nuestro debería servirnos para tener más perspectiva y no sobredimensionar las causas o el objeto de nuestro malestar, pero no para invalidarlo. La tristeza y el dolor son experiencias personales que muchas veces se restringen a nosotros mismos y excluyen a los demás. De ahí que haya que ser cuidadosos al establecer criterios para referirse a los sentimientos del otro o, lo que es mejor, no establecer estos criterios en absoluto.

Esa invalidación del malestar y, sobre todo, de la queja, queda bien ilustrada con esta frase que muchos hemos oído o leído alguna vez: “Me quejaba de no tener zapatos hasta que vi a un hombre que no tenía pies”. Sospecho que una frase como esta busca que las personas, al compararnos con los más desfavorecidos, reflexionemos sobre nuestro malestar y nos avergoncemos de él o que primero nos avergoncemos y luego entremos en reflexión. Esa reflexión nos llevaría a no autocompadecernos demasiado, a mirar más allá de nuestra burbuja —real o supuesta—, a reevaluar y agradecer nuestros privilegios, a tener más empatía.

Si esto es así, habría que dejar claro que sentirse mal no es autocompadecerse ni minimizar el dolor propio es empatía.

Lo conveniente sería revisar si ese malestar se agrandó más de lo necesario o si la queja está opacando o silenciando las quejas de otros cuyos asuntos son, con toda evidencia, más urgentes que los nuestros. Es el caso de medios y figuras públicas que cuentan con una gran plataforma para visibilizar o manifestarse, pero ese es un tema que merecer ser tratado en otro momento. Lo que se debe aclarar es que, en la mayoría de los casos, ninguna queja silencia otra: solo se añade. No hay necesidad de enfrentar dolores: no es una competencia para ver quién sufre más.

La cosa es esta: si no pudiéramos entristecernos o estresarnos porque alguien está peor que nosotros, entonces la tristeza y el estrés quedarían prohibidos para todos, pues no importa cuán mal esté alguien: siempre hay alguien que está peor. En rigor, todo el mundo es privilegiado frente a otra persona. Aquí cabe hacerse la pregunta: ¿Cuánta desgracia, entonces, sería suficiente para ganar el derecho de quejarse o preocuparse? Estaríamos bajo la tiranía de la gratitud, aparte de estar, de algún modo, instrumentalizando la desgracia ajena.

(Dicho entre paréntesis: instrumentalización de la desgracia ajena es la inmoralidad en la que incurren los conferencistas que cobran para repetir la frase del hombre sin pies y los que propagan fotografías de niños africanos desnutridos acompañadas de mensajes de concientización. Esas imágenes no tienen la función de consolarnos. No son talismanes para alcanzar nuestro alivio. Muchos han olvidado que la miseria y la tragedia de los otros no existen para hacernos sentir mejor sobre nuestra situación. Sé que se trata de instrumentalización y no búsqueda de perspectiva porque ni siquiera se abre la posibilidad de ayudar, si es posible, a aquellos con los que se comparan.)

A los que no sientan el arranque de quejarse de sus pequeñas tragedias domésticas, que agradezcan la templanza de su carácter. Para los otros, reivindico el derecho a la queja. En los tiempos que nos tocó habitar, cualquier desahogo es terapéutico. El virus ya confiscó la vida pública; no es necesario que confisque también nuestra vida privada. El solo hecho de sentirnos mal por una calamidad que nos pasó no es ser ingratos ni nos hace inconscientes de los males del mundo. Podemos ser ingratos e inconscientes, por supuesto, pero esa ingratitud y esa inconsciencia no se miden por cuánto nos autoreprimamos en este sentido. Si —como alguien ya lo dijo— no deberíamos quejarnos ya que algunos están peor que nosotros, ¿tampoco deberíamos sentirnos felices ya que algunos están mejor?