Barranquilla: tres puntos que convergen en la historia




Por: Keller Gámez (Estudiante de comunicación social-periodismo)


Barrio Abajo, la inmortalización de los orígenes


Pensar en Barranquilla y no acordarte del Barrio Abajo se puede considerar un delito. Quienes no conocen su historia creen que es uno de los tantos barrios que posee la ciudad, pero es más que eso. Entre los brillantes colores distintivos de sus casas al estilo criollo, nacieron las tradiciones que tanto son exhibidas en el carnaval, los deportistas reconocidos mundialmente y artistas de ensueño.


Todo inicia desde la carrera 46 hasta la 54 y de la calle 53 hasta la vía 40. Codeado de 81 manzanas y en cada una de ellas se evidencia una pequeña parte de cómo era la ciudad en sus ayeres. Un libro abierto que invita a la lectura con cada brisa de los árboles que están a las afueras de las casas y con cada risa, palabra o suspiro de quienes las habitan.


Aunque el mundo, el país y la ciudad avanzan, en sus esquinas te sigues encontrando a los adultos mayores del barrio jugando dominó o parqués; a la señora que hace los ricos sancochos trifásicos y a los niños jugando fútbol en la calle. También puedes escuchar a los hacedores del carnaval planeando su próxima presentación, a las personas recordando las maravillosas hazañas del béisbol o simplemente a alguien bailando una buena salsa.


Pero su historia comienza con esas canoas y johnsons que entraban por el río Magdalena y descargaban las mercancías donde está la Superintendencia Fluvial. A partir de allí dos ramas fueron fortalecidas: el carnaval más importante del país y el comercio.


Personajes como Esthercita Forero, la novia de Barranquilla, y el gran beisbolista, Edgar Rentería, nacieron y se criaron en este histórico barrio. Aunque no solo acoge a quienes tienen partida de bautizo de La Arenosa, también adoptó y dio posada al exponente más representativo del realismo mágico, Gabriel García Márquez, y al Cartagenero que se enamoró de la ciudad y le dedicó una canción: Joe Arroyo. En realidad, contar a todos los artistas, deportistas, personajes y demás, es todo un “camello”, como le dicen coloquialmente a trabajar duro.


Hoy, Barrio Abajo, es la inmortalización de los orígenes del barranquillero, actúa como un museo al aire libre y no tienes que pagar entrada. Solo con dos horas de caminata y charla con sus habitantes, podrás entender de donde es que viene todo.


No solo porque su arquitectura tiene lengua y emite sonidos, sino porque las tradiciones son como el efecto dominó: con el pasar del tiempo recaen en las nuevas generaciones. Este es el caso de la familia Altamar, quienes han pasado el saber de la Cumbiamba ‘El Cañonazo’ por muchos años. “El ser un Altamar significa bailar desde que naces, eso va en el ADN”, mencionó Ivanoff, director de la grupo de danza.


Aunque es blasfemo atreverse a modificar las estructuras de este barrio que marcó tanto a la ciudad y los corazones de los barranquilleros, hace unos años surgió una iniciativa: Killart. Esta se basa en darles la oportunidad a artistas del Street art, pero no solo para que ellos se visibilicen, sino para que las personas que no tienen mucho conocimiento de la historia del carnaval y de la Puerta de Oro de Colombia, aprendan a través de estas grandes pinturas que hoy embellecen los murales del Barrio Abajo.


San Roque: la casa de los inmigrantes


En la segunda mitad del siglo XlX, 1853, la peste del Bacilo de Yérsin infectó a parte de la población del Barrio Arriba. La arena era la camilla de las almas que convulsionaban y expulsaban heces inestables debido a la infección.


Con temor de convertirse en un cementerio, los habitantes postraron sus esperanzas en la figura de San Roque Montpellier, la cual les fue mostrada por el Sacerdote Salesiano Rico. Después de todas las plegarias, le ganaron el combate a la epidemia; el asombro y la gratitud llevaron a los moradores a crear un templo con su imagen y a llamar al barrio ‘San Roque’.


Luego, en 1930, el muelle de Puerto Colombia vivió una edad de oro. Fue por 32 años el más importante del país, pero, sobre todo, fue el que le abrió la puerta o bueno, el patio, al progreso a Barranquilla. Por ende, la ciudad logró nadar en el comercio y bailar con los inmigrantes.


Así fue como los pasaportes turcos robaron la atención de los primeros barranquilleros. Estos extranjeros con sus extravagantes vestimentas: tarbúsh, chiripás, fez y turbantes, utilizados por hombres; chilabas y chador, en los cuerpos femeninos, le aportaron dotes de prestigio a las primeras fiestas.


Como el imperio otomano, dominaba las tierras del Líbano, Palestina, Siria y Jerusalén los árabes empezaron a arribar a Colombia atraídos por la grandeza del muelle de Puerto Colombia. Enamorados por el encanto del caribe, los extranjeros, que jocosamente les decían “turcos” (gracias al sello de sus pasaportes) se asentaron en las grandes casas de San Roque.


Su presencia no solo aportó rica variedad gastronómica, sino que su talento en las ventas hizo de ese lugar, que antes era un corredor de los cadáveres de la peste, en el mayor punto comercial de la ciudad. Aunque esto no fue por mucho tiempo.


Al ver el crecimiento que tenía Barranquilla y el poder adquisitivo que ellos iban consiguiendo, estas personas que le dieron vida al barrio, encontraron otras casas que habitar, dejando a San Roque desolado y condenándolo al deterioro.


Un exilio voluntario dejó a las paredes de las pomposas casas con moho de humedad, baldosas con dibujos de la época levantadas y ventanas envueltas en el óxido que representan la corriente neogótica.


Sin embargo, entre ese fango nació la flor de loto. En 2015 se iniciaron obras de reconstrucción de la iglesia y, a su vez, la plaza que queda en las afueras de esta. Allí los nuevos comerciantes, unos con menos dinero que los árabes, y los vendedores ambulantes tienen un espacio, con esto la parroquia volvió a deslumbrar a la ciudad.


En la actualidad, el barrio está conformado por una amplia zona comercial, donde con solo dar unos pasos encuentras lo que buscas, esos son destellos del anterior auge del muelle de Puerto Colombia que nutría ese espacio de cosas que entraban por el mar. Ahora, la iglesia sigue siendo el pilar y punto de guía, y frente a ella funciona todavía el Colegio Salesiano San Roque, escuela que forjó a grandes profesionales barranquilleros, los mismos que hoy velan por la prosperidad de la ciudad desde sus diferentes enfoques, así como Carlos Maldonado, docente de la Universidad Autónoma del Caribe.


Aunque la alcaldía logró restaurar lo que se creía perdido, no ha podido desbancar la ola de inseguridad que rodea sus calles. Las personas temen que al momento de comprar se les despojen de sus pertenencias. “A San Roque ni mi papá, que conoce por allá, se mete”, dijo Sandra Criado en una conversación con sus amigos. Al igual que ella, muchos de los barranquilleros tienen ese pensamiento y no es el único barrio que vive ese calvario.


Rebolo: destellos de tradición y violencia


Los patios y terrazas de las casas que componen el barrio fueron invadidos por un fruto: reboleras, unas ciruelas silvestres lo bautizaron, por eso lo conocemos como ‘Rebolo’.


Estos hogares eran habitados por personas de escasos recursos, campesinos destacados por su sencillez y ansias de salir adelante, así que partían su lomo en las fábricas los 364 días de año, sí, uno de esos días, el 16 de Julio, descansaban para festejar a la Virgen del Carmen en una pequeña capilla construida a finales del siglo XlX en la calle 17.


Poco a poco le dieron alegría al barrio. Por ello, sus calles anchas y angostas, esconden un centenar de tradiciones, pero estas quedaron en el cuarto de San Alejo gracias a las nuevas generaciones esclavizadas por las condiciones precarias que les ha tocado vivir.

Allí surgieron las primeras casas populares. Bajo ellas nacieron costumbres propias del ser caribe, las mismas convertidas en imitaciones baratas que son exhibidas en las telenovelas, así como los juegos típicos: bola e’ trapo, bolita e’ uñita, estibas, dominó. El ritmo que puso a bailar a todos: la salsa brava. Una identidad forjada por el pueblo.


Sin embargo, estas han ido destiñéndose al igual que la ropa vieja que utilizamos en el carnaval, pues, ahora acogen a un número amplio de personas que condenaron al barrio a la fama de una puta. Como cuenta Ubaldo Medina, las condiciones geográficas hacen que Rebolo sea una estadía óptima para las quienes no tienen un sustento estable, pues, el mercado queda cerca y allí se consiguen alimentos de bajo costo, además, existen tantas ollas de droga en sus callejones, que facilita todo para los consumidores.


El peculiar olor que llegó desde que apareció el primer matadero en la ciudad, aún se olfatea mientras caminas por sus calles, a pesar de que este se fue del barrio en 1960. Esto ocurre gracias a que sus moradores no encontraron a qué más dedicarse y crearon mataderos clandestinos. Eso, acompañado de los gritos de auxilio escuchados en el resto de Barranquilla, alarma a quienes cohabitan en la misma, pero no es más que otra forma de revictimización hacia los reboleros.


Una villa con aires de ciudad que acostumbra a informarse por las vecinas sentadas en las terrazas, regó el chisme de que Rebolo ahora es solo cuchillos y pandillas: “si entras allá, sales sin ropa”, así lo mencionó el empleado de la Alcaldía, Francisco Berrio, quien nunca fue atracado allí, pero el pavor de los rumores lo moldearon al igual que una arcilla para que pensara así.


Pero no todo está basado en simples teléfonos rotos. La mayoría de estos casos salen a la luz pública en los medios de comunicación, así que los habitantes del sector no tuvieron más que aguantarse esa cruz por varios años. Muchos a veces temen caminar por las mismas calles que los vieron crecer, aunque no hay nada que les moleste más que los estigmaticen a todos de malos.


“Si quieres insultar a alguien dile que es rebolero”, mencionó Medina con la preocupación saliendo de sus ojos. Él lo dice porque los demás barranquilleros utilizan la palabra para referirse a personas vulgares, violentas, viciosas o atracadores, aunque no todos encajan esta descripción.


Aunque desde sus inicios, un fuego que arde dentro de los “reboleros” ha ido quemando poco a poco esta mala reputación y le ha demostrado al resto de Barranquilla y Colombia que son más que crónicas rojas.


Nelson Pinedo, oriundo del barrio, dejó su huella en la agrupación de salsa más importante de todos los tiempos: La Sonora Matancera. Pinedo entró en 1953 para sustituir a Daniel Santos y el 19 de Octubre de ese mismo año, inició su debut grabando la canción de Pablo Beltrán ‘¿Quién será?’.


El equipo rojiblanco también salió de aquí, todo gracias a que en 1924, Micaela Lavalle de Beltrán, quien encabezaba el proyecto en ese momento, le dio el nombre de Juventud Infantil y en 1936, con muchas victorias bajo su hombro, empezó a llamarse Junior. Un poco fuera del tema del deporte, Pedro Díaz desde hace muchos años utiliza el baile como herramienta para exaltar las cosas positivas y demostrarle a sus estudiantes que se puede salir adelante por medio de él, en este momento, es uno de los personajes más influyentes de este enigmático barrio.


Solo son tres casos de los tantos que hay, pero esto no es suficiente, Ubaldo cree que no solo deben ser los reboleros los que deban luchar por mejorar las condiciones, sino que debe existir un apoyo por parte de las autoridades competentes. Eso haría que la luz resalte de esa zona negra.

*Foto: Alejandro Matías