Barranquilla al reencuentro con su destino artístico

La comunicadora social y periodista, María del Pilar Rodríguez, relata en sus líneas la lucha por la recuperación del arte y la cultura en la capital de Atlántico.

Por: María del Pilar Rodríguez.


Estoy en Barranquilla, aun con los ojos cerrados lo sabría. Aquí la altisonancia de las voces es la misma que reconozco en mi garganta. Hace calor, el calor finamente dulcificado de este singular vértice entre río y mar. El suelo arde, tal cual los subibaja del parque El Suri Salcedo de mi infancia donde aprendí a brincar. Tengo casi una década de no vivir en Barranquilla, pero no dejare de ser jamás barranquillera, aunque solo hoy siento que he regresado a la tierra que decidió llamarme su hija…


¿Por qué?, he retornado en variadas ocasiones en los años recientes y siempre me iba con un sin sabor en la boca. No reconocía la ciudad. Veía con tristeza como este territorio que tanta gloria le ha dado a las artes nacionales pasaba sin remedio de ser punta de lanza a la franca ignominia, y todo, ante el silencio cómplice de los líderes políticos, industriales y sociales, si es que un líder contemporáneo puede considerarse como tal, al mismo tiempo que desprecia la importancia de las expresiones artísticas, desconociendo entre otras que los derechos culturales aparecen en la declaratoria de los derechos humanos, y no precisamente porque sean asunto menor…


Un silencio de Biblioteca Meira del Mar cerrada, la anunciada nueva sede del Museo de Arte Moderno en eterno y gris preludio, obras artísticas públicas en franco deterioro, teatro municipal quien sabe para cuando, y lo peor: una conversación generalizada más llamada a la fruslería que al contenido, una normalización de la ligereza de concepto, una transversalidad de la franca fatuidad.


Cada vez que venía me iba más rápido y más triste. Y aunque este terruño me ha dado familia y los más valiosos amigos, observar a la misma ciudad de aluvión que inspiró a García Márquez, Norman Mejía, Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, Figurita, Sonia Osorio, entre muchos otros; convertida en banquete de lo insulso, privilegiando lo industrial y lo comercial por encima de lo sensible y artístico, como si la cultura estética y la expresión artística fuera una vieja peste ante la cual la mayor parte se había vacunado. ¡Eran escenas dantescas! ¿A dónde fue la ilusión del caribe blanco-azul?


Pero en días recientes, cuando volví movida por aquel adagio popular que reza: “la esperanza es lo último que se pierde”, un gesto anónimo de estupefacción y pesar ante el estado del mosaico Tierra, Mar, Aire de Alejandro Obregón me anunció que quien fue no deja de ser, y que la savia joven del árbol nacional tiene aún en sus venas la humanidad curiosa, la apertura atenta que en otro tiempo nos dio la gloria en las artes y las letras, como diría un mecánico: el problema no es de motor, si no de combustible.


Seguí mi agenda de encuentros con amigos y con familia, pero esta vez fue distinto. El silencio de otros días se convirtió en preguntas, en ideas, en propuestas. Entre empresarios, líderes culturales, directivos de entidades, estudiantes, educadores y otros más, cada uno me soltó su preocupación por lo artístico, por la creación humana que toca el alma humana, aún sin yo preguntar. Y de un momento a otro me pareció estar en presencia del renacer, de ese primer brote que indica que es posible que esté cerca la primavera.


Y caminé el paseo Bolívar y pude sentir que le que gritaban Trapo loco a García Márquez, que Obregón daba un alarido porque le tumbaban la pintura con la que trabajaba uno de sus murales, Juana lucía su cabello de oro por la mitad de la calle, mientras la brisa parecía ir al compás de la Fantasía Orquestal de Pedro Biava, navegué el éxtasis de la memoria, la fantasía y la realidad para la que Barranquilla en su edad dorada nunca tuvo fronteras, lo que confío vuelva a suceder.


Falta mucho por hacer, pero estas voluntades son para mí el mejor de los presagios, y espero que no sean un espejismo para dulcificarle la visita a una barranquillera dedicada a la cultura, que se quiere sentir orgullosa no solo del pasado si no del presente y el futuro artístico de la ciudad donde nació.


Es el momento de recordarle a nuestras almas de que están hechas, alimentarnos de nuestras pasadas glorias y construir las del futuro en pintura, literatura, danza, teatro y este mar de expresiones que es el combustible idóneo para recordarle a la historia que aquí se pinto Violencia, nació El Sindicato y se inspiraron varios de los episodios que en letras y música glorifica el mundo entero quizá sin saber que vienen de un territorio de libres, de una ciudad que retomará su destino que artísticamente la hace y hará procera e inmortal.