Válidas excusas
Editorial El Heraldo

En un acto de nobleza, que sólo es posible en un caballero a carta cabal, el director del programa radial La Luciérnaga, Hernán Peláez Restrepo, ofreció disculpas ayer por el comentario infortunado de la humorista Alexandra Montoya contra los habitantes del Caribe colombiano. También la Montoya, con elegancia y humildad, hizo lo propio.
Tal como numerosas personas comentaron antier en airadas llamadas a nuestra redacción, La Luciérnaga hizo un apunte humorístico según el cual Germán Vargas Lleras había estado buscando “una persona costeña y trabajadora y le había costado mucho trabajo encontrarla”.
Difícil, muy difícil, definir qué fue peor para el amor propio Caribe, si el mal chiste en sí o la reacción de algunos de los integrantes de la mesa (entre los cuáles no se escuchó a Peláez Restrepo), celebrando a carcajadas.
Al presentar sus disculpas, ambos manifestaron que no tuvieron mala intención en el comentario y, desde luego, hay que creerles, como verdaderos profesionales que son.
El enojoso episodio queda pues zanjado en lo que a La Luciérnaga se refiere, pero de todas maneras algo queda claro: todavía subsisten en Colombia odios atávicos hacia todo lo que encarna la Costa Caribe.
Sería sin duda un acto de debilidad incurrir ahora en la reacción elemental, primaria, de sacar a relucir los aportes culturales, sociales, políticos e intelectuales que la Costa Caribe le ha hecho al conjunto de Colombia. No tiene objeto traer a colación al único Premio Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez, nacido un seis de marzo en el centro del Caribe ardiente, y hoy objeto de una camada de filibusteros incapaces, que se jactan de ser “escritores urbanos y contemporáneos” mientras disparan balas que terminan siendo de salva hacia el emblemático literato. Sobra, de la misma manera, darle contexto ahora al fenómeno de Shakira Mebarak, cuyo talento no tiene comparación en el mundo y hoy dedicada a canalizar amor y sentido social a través de obras de inmensa envergadura, jamás a lanzar antipáticos mensajes políticos que sólo generan división continental.
Aún con mayor razón que lo anterior, mal podríamos entrar ahora a demostrar que el estereotipo perverso es totalmente mentiroso, con el manido argumento de que “rompa usted concreto a las 11:30 del día en una calle de Barranquilla, como lo hacen tantos hombres del Caribe, a ver si es capaz”.
Tampoco vale la pena mencionar algunas de las frases de las personas que, quizá por su indignación, lanzaron contra las gentes del interior del país: “Uno escucha que las mujeres de otras regiones son proclives a abandonar a sus hijos e incluso a trabajar en ciertos lugares, pero jamás creería eso ni osaría hacer semejante comentario en la radio nacional”, dijo un oyente. Desaprobamos categóricamente ese tipo de comentarios no solamente por falaces e injustos, sino porque nuestro talante Caribe no puede permitirnos pagar con la misma moneda del oprobio y la estigmatización.
Lo cierto e irrebatible es que los ataques contra la Costa son simplemente remanentes de un espíritu perverso al que vemos aflorar en ciertos escenarios, tales como los foros deportivos y otros similares.
Más allá de tomárselo en broma y dejarlo pasar, o de responder con la misma moneda de la ofensa, es preciso asumir este tipo de ataques como argumentos y energía.
Aunque en algunos comentarios que se han suscitado desde ayer varias personas de departamentos de la Costa argumentan que precisamente por este tipo de afrentas es necesario sacar adelante la iniciativa del Voto Caribe, resulta urgente a esta altura anotar y aclarar que no existe mayor relación entre una cosa y la otra.
El Voto Caribe no es una iniciativa de espíritu separatista, ni posee elementos para impedir que en el alma de ciertos elementos del interior subsista un odio visceral, de corte xenófobo.
Se trata, por el contrario, de algo mucho más trascendental, vigoroso, real, como es la posibilidad de que se desarrollen un par de artículos constitucionales que generarían un importante nivel de autonomía, la cual subsanaría urgentes equilibrios financieros para la Región.
Lo que bajo ninguna circunstancia podemos permitir, y para eso estamos los medios que representamos genuinamente a la Región, es que en círculos que gozan de una gran audiencia o credibilidad, se nos estigmatice, se denigre de nosotros, se exageren nuestros defectos, se desconozcan nuestras virtudes y nos tomen como burla.







































